La aparición de la virgen

Cabimbú. Laguna.

Todo fue en 2002. Vita, mi mejor amiga había aceptado ir conmigo al sitio del que le había hablado miles de veces. El sitio donde crecí y al que continuaré apegada sentimentalmente, tal vez hasta mi muerte.

No era un sitio accesible, incluso hoy en día. En mi infancia, se tardaba un día a caballo para ir desde el pueblo más cercano, San Lázaro, hasta la casa de mis abuelos, en Cabimbú. Porque el sitio del que hablo se llama Cabimbú. Se encuentra en pleno páramo de Trujillo. Un paisaje de montaña, majestuoso y solitario, en el que los riscos pelados de piedra alternan con los frailejones como única vegetación y con abundantes lagunas y riachuelos de agua clara. Cabimbú era un lugar remoto y casi despoblado en mi época. Ahora, bastante poblado, vive, como ha vivido desde siempre, de la agricultura.

Desde Mérida, viajamos Vita y yo a La Quebrada, en el estado Trujillo,  y desde este pueblo, un último tramo montañoso de unas tres horas nos llevó a nuestro destino.

Las condiciones de vida siguen siendo duras en Cabimbú. El clima alterna días soleados gloriosos con días de niebla espesa que te da la sensación de un sitio habitado por fantasmas envueltos en gruesos ponchos y pasamontañas que deambulan entre las casa esparcidas aquí y allí en las laderas de las montañas.

La altura de Cabimbú es de unos 2000 m, y su temperatura de unos 15º , pero que con el viento llega a percibirse de cero grados o menos, dependiendo de la intensidad de aquél. Las casas son todavía de bahareque con techos de zinc, nada apropiados para esas temperaturas y carecen de calefacción. La cocina sigue siendo básicamente con leña y el calor de una casa depende todavía del calor que alcanza la cocina como sitio social por excelencia. La iluminación hasta hace unos cuarenta años se hacía con velas o lámparas de gasolina.

Vita y yo llegamos a la vivienda que era de mis abuelos. En la vega del río Cabimbú. Allí habitaban uno de mis viejos tíos, su esposa y sus hijos, dos hombres jóvenes y una chica soltera. En esta casa había pasado yo años muy importantes de mi infancia.

Nos dieron una habitación que había sido el salón de clases donde mi madre, jovencísima maestra, había enseñado los rudimentos de lectura, matemáticas, geografía e historia a tantos niños campesinos. Luego, cuando ya se fabricó una escuela verdadera, ese amplio salón fue dedicado a almacenar las cosechas. Ahora estaba vacío y habían puesto dos camas con abundancia de cobijas de lana para mí y mi amiga Vita.

Vita (y un poco yo también) fuimos una sensación en esos días. Cabimbú sigue siendo un lugar muy apartado donde de vez en cuando ocurren nacimientos, muertes, y hasta crímenes específicos, como vendettas familiares; pero con más frecuencia, no ocurre nada, así que dos turistas, una de ellas extranjera, que hablaba español con un acento gracioso y una ‘r’ gutural más graciosa todavía, eran bienvenidas.

La gente en general la interrogaba y le pedía opinión sobre cosas dispares, lo que ponía a Vita en apuros de los que salía de la mejor manera posible. Y la gente estaba muy contenta de poder hablar con ‘la extranjera’.

Un día de esa larga semana que pasamos en la montaña, la dueña de la casa nos propuso ir a dar un paseo a la quebrada donde recientemente había aparecido una virgen. Tal cual. La dueña de la casa, Matilde, la esposa de mi tío, era (es) una mujer hermosa a pesar de la edad, inteligente, generosa. De una dulzura y fortaleza a la vez, como es frecuente encontrar en las mujeres de estos campos. Era difícil negarse a este pedido.

Para Vita y para mi, dos mujeres ateas, cada una en su estilo, las consecuencias de haber aceptado esta invitación eran complicadas.

Dijimos que iríamos a la habitación a cambiarnos los zapatos, y en verdad fuimos para discutir, a puertas cerradas, la actitud que debíamos adoptar, y que se resumía en mantenernos respetuosamente alejadas de cualquier ofensa a nuestra anfitriona.

Cuando estábamos por abrir de nuevo la puerta para salir, Vita me agarró de la manga de la chaqueta y me dijo, «Espera». «¿Qué?», pregunto yo. Y ella me dice muy seria «solo quiero advertirte que si tú ves esa virgen, yo me regreso hoy mismo a Italia. Yo sabré como arreglármelas». 

Nos reímos un rato tratando de que nuestras risas sofocadas no se oyeran en el exterior. Y ya antes de salir Vita me miró y me dijo: «Lo digo en serio».

Y fue así como Vita y Matilde, nuestra guía, y yo, emprendimos el camino.  Matilde nos contó, entonces, que hacía unos seis meses, un niño de la montaña fue a tomar agua del riachuelo y cuando estaba en eso, en el fondo del agua, entre las piedras, vio a la Virgen. Y cómo, desde ese día, el sitio era de peregrinación obligada para la gente del lugar y sus alrededores. También nos contó que el niño, había sido enviado a Boconó, un pueblo cercano importante,  para dar testimonio ante algunos Padres de la Iglesia, y que habían enviado una comisión de religiosos para examinar la quebrada y el sitio de la aparición y dictaminar si se trataba de un milagro o no.

Vita y yo oíamos estas explicaciones y asentíamos. Era como una hora de camino en alta montaña, a paso de conversación. Por el camino nos encontrábamos con agricultores que iban o venían de sus quehaceres de la tierra. Nos saludaban con esa cadencia montañesa tan familiar y querida para mí.

—Mostán, mujeres—, y Matilde y yo que respondíamos salmodiando también:

—Bien y ustedes.

—Paónde van.  

—A ver a la Virgen de la quebrada.

—Que les vaya bien.

—Amén.

Y por el camino se nos fueron juntando otras personas que se animaron a hacer la pequeña excursión; niños y niñas con sus perros, alguna comadre o amiga de Matilde. Así que al final, había una pequeña comitiva que no sólo iba a acompañarnos sino

—mucho temíamos— a ser testigos de nuestra reacción ante la Virgen aparecida.

Llegamos por fin sin aliento por el poco oxigeno, y Matilde se paró en un punto preciso y señaló al fondo del riachuelo, hacia las piedras que se veían claramente a través del agua cristalina. Vita y yo miramos las piedras por un tiempo que nos pareció larguísimo. De reojo yo miraba el pequeño grupo que nos rodeaba y vi con alivio que ya no nos observaban. Miraban también el fondo del agua y rezaban. Algunos se habían arrodillado.

Al final de lo que parecía eterno, Matilde preguntó. «¿Qué les parece?» Y yo respondí «Muy hermoso». Una respuesta que era ambigua, pero sincera. En verdad aquel paisaje era hermoso. Era hermoso que la gente nos hubiera acompañado porque sí. Era hermoso estar allí con Vita. Pensé en Pavese, y en el nacimiento del mito.

La gente estaba muy satisfecha con nuestra actitud, con nuestra respuesta. Regresamos casi en silencio, solo roto por los ladridos de los perros, y el murmullo de las amigas que caminaban abrazadas para combatir el frío y se cuchicheaban secretos al oído.

Más tarde, en la hora del crepúsculo, Vita y yo estábamos sentadas en el corredor donde antes se amarraban los caballos. Mirábamos ponerse el sol, que esto es una actividad en esos parajes, y teníamos en los regazos unos libros de notas ociosos, para aparentar que hacíamos algo. En esta hora, Vita me preguntó. «¿Viste algo?» Y yo: «Sí». «¿Qué viste?» «Vi el sombrero de Hermes el Viajero, entre las piedras del río».

Las risas, las ruidosas carcajadas de ambas rompieron la majestad de la hora. Después de la risa seguimos mirando el sol ponerse: Helios en su carro, terminando de atravesar el cielo de Cabimbú.

Bello, dijo Vita.

Yo asentí en silencio

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