
Foto: Tadorna ferruginea
Las aves me gustan. Lo he repetido bastante. Es una clase a la que le envidio tantas cosas: su parentesco con los dinosaurios, por ejemplo. Su elegante indiferencia. Su sentido de orientación y equilibrio.
En mi casa venezolana era “amiga” de querre-querres, gavilanes, pavitas, búhos, palomas y colibríes.
Aquí, en Trieste he aprendido de otras : gaviotas, cuervos, y tantas aves marinas de las cuales desconozco nombres y apellidos, pero que igualmente son hermosas de mirar.
Y hablando de aves, o más bien de pájaros de mal agüero, hace poco estuvo por aquí el hijo mayor del (in)famoso presidente de los Estados Unidos, invitado por el gobierno. Y conociendo su afición por la «cacería» lo llevaron a la laguna de Venecia donde habitan tantas aves. Algunas de ellas especies en extinción. Como la de la fotografía. Imagino que esto es algo que excita al máximo a Donald Trump Junior. Hace pocos años, en 2019, el gobierno de Mongolia le otorgó el permiso para cazar una variedad de cabra en extinción que habita en las montañas. Las cabras en extinción las cazó en Mongolia. En Venecia, solo algunos patos y aves marinas. Mala suerte si entre ellos había especies en extinción.
Pienso que hay que tener TODO ya muerto y podrido por dentro para disfrutar de algo así. El odio que este ser (y sus acólitos) manifiesta ante la belleza, la naturaleza, la libertad de un animal que vuela o trepa por una escarpada montaña, produce terror.
Hay tristeza en el ambiente.