Muerte de libros y otras muertes

Muerte de los libros y otras muertes.

Detesto ir a hacer mercado el sábado en la mañana. Tal vez el ochenta por ciento de la gente lo hace, y también detestándolo, lo que me baja la autoestima un escalón más al darme cuenta de que soy muy poco original.

Miro por la ventana para ver pasar a alguien y fijarme en su atuendo. Es lo que mejor resultado me da para vestirme en invierno, porque de seguir mi (poco) juicio tropico-meteorológico, cuando veo un rayito de sol, ya quiero salir en bermudas y sandalias…

El supermercado me queda a un kilómetro, así que es siempre a pie y con el cochecito de compras arrastrando por detrás.

En un lugar del trayecto y acomodados casi primorosamente entre algunas flores que ya se atreven a salir entre el cemento, hay un montón de libros. Los de la foto. Quiero seguir de largo. Le advierto a mi cara mitad que va conmigo a las compras:

—!Ni los mires!, !ni se te ocurra!

Porque normalmente es él quien cae primero en esta vieja trampa de los libros en rebaja. ¿Y qué mayor rebaja que el suelo? Obviamente, y siguiendo la férrea lógica de las parejas, soy yo quien se detiene a mirarlos, pero todavía dándole instrucciones al marido, lo que es solo una pobre excusa para salvar mi dignidad:

—!No los toques, no los toques!

En mi descargo, tengo que decir que en esta época postcovid, uno no toca algo que se encuentra en la calle. La advertencia era para ambos.

No los tocamos, claro, pero empezamos —grave error— a leer los lomos. Los que lo tienen visible, por supuesto. Internamente maldigo un poco al/la «abandonador»/a de libros por haber colocado algunos con el lomo oculto. ¿A quién se le ocurre? !Es completamente idiota!.

Ya he visto el lomo verde (seductor) de la “Storia dell’Arte Italiana”. Y el de  “Rembrandt Paintings”, y detrás de este “I Luoghi dell’Arte”.  El resto, Le Carré, Augias, García Márquez feliz e indocumentado, Susana Tamaro, y hasta Jung (tan devaluado, el pobre), pueden quedarse, pienso con una punzada de incomodidad.

!Quedarse! Estaba prevista lluvia. De hecho, en la tarde llovió tanto que en este momento esos libros (menos dos)  deben ser ya  un amasijo de celulosa irrecuperable.

Porque minutos después de la seducción del lomo verde ya había decidido recatar otro de ellos. Mi marido colaboró y, estoicamente, no rescató ninguno más. Y eso que había un Le Carré, pero era el viejo “La chica del Tambor”.

Seguimos caminando hacia las compras de los alimentos del cuerpo con esa melancolía que da  ver libros abandonados. Nadie sabe qué hacer con libros viejos o desactualizados. Lo que sucede con el libro es que, en cierta manera, es como el pan. Ver el pan tirado en la calle tiene algo de pecaminoso, de escandaloso, de indecente. Ver un libro también. Debería haber un cementerio de libros donde uno vaya a depositarlos y a despedirse de ellos sin remordimientos.  

Ustedes me preguntarán de qué sirve llorar unos libros sin cementerio en una calle de Trieste ante el horror de las fosas comunes que ya se comienzan a descubrir en Kiev, o cuando hay en estos mismos instantes tantos cuerpos muertos tirados en las calles de Mariupol.

No tengo respuesta.

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