¿Globo o círculo?

Como efecto de la pandemia a veces siento que me he convertido en una persona diferente: en mi abuela.  

Mi abuela materna tal vez nunca hizo las compras de su casa. Las hacia mi abuelo. Porque en esa época, una mujer ‘de su casa’, como era ella, no iba a mercados ni a otras tiendas. Mi abuelo traía todas las provisiones : grandes cantidades de carne porque era apasionado de las parrillas (asados). De comerlas, claro, no de hacerlas. Y de acompañarlas de grandes bandejas de tubérculos variados y otros vegetales a los que el llamaba genéricamente “el pan”.  El pan, entonces, para don Manuel de Jesús Valera Urbina, era una bandeja grande colmada de yuca, apio, ñame, ocumo y hasta algún plátano pintón, chayota y un buen trozo de  auyama. Y como él no toleraba que faltara algo ni en el asado ni en la bandeja del pan, pues iba personalmente adonde hiciera falta para traer estas provisiones.

Mi abuela, una mujer nerviosa, delgada, de muy poco comer, le daba las últimas recomendaciones cuando lo veía vestir su ‘liqui-liqui’ de algodón blanco almidonado y ponerse su sombrero negro, curiosamente de marca Borsalino, que los almacenes de los italianos (inmigrantes  de cuando Pérez Jiménez)  vendían a algunos pocos clientes que habían cambiado el ‘pelo’e, guama’ tradicional y criollo por el importado y más duradero Borsalino. Cuando ya don Manuel abría el portón del zaguán para salir, la abuela siempre le recomendaba lo mismo:

—Tené cuidao con Fabricio, mirá que ese es comunista.

El señor Fabricio, era el mejor carnicero de la zona y gran amigo de mi abuelo que era uno de sus clientes favoritos. Mi abuelo no tenía ni que ordenar en su carnicería; el señor Fabricio apenas lo veía entrar ya comenzaba a pesarle los mejores trozos de solomos, de falda, de costillas, de puntas y las vísceras como hígado, bofe, riñones y qué sé yo de las demás. Pero para mi abuela, que sospechaba de todo y todos, había grupos humanos, a los que metía en un mismo saco como gente de poco fiar. En este saco estaban, principalmente los judíos, los comunistas y quién sabe por qué, los maracuchos.  Así que le recomendaba al abuelo cautela con aquel carnicero comunista que no se sabe cuáles males podía perpetrar.

Con esto del COVID, en mi casa (es un apartamento alquilado, vamos) de Trieste,  yo he vuelto al papel de mi abuela. No salgo de casa nunca. Mi maridito va y hace las compras. Porque la entrada a los supermercados es de una persona por familia y el de la fuerza bruta —vainas del azar genético— es él.  Compra las carnes y las verduras. No hay ñame, ni ocumo ni yuca ni apio, adonde él va. Pero queriendo, cuando uno siente nostalgia, puede ir donde ‘el chino’ y conseguir yuca y plátano y hasta ñame a precio de cocaína (supongo que es cara). No usa ‘liqui-liqui’ porque sería incómodo para montar bicicleta. Se protege la cabeza como mi abuelo, pero con un casco japonés marca Shimano. Y yo le hago recomendaciones, pero de otro tipo: «tráeme pepinos, pero no los confundas con los calabacines por favor», por ejemplo.

Cuando lo veo salir, sin embargo, siento rondar el espíritu de mi abuela y tengo grandes tentaciones de recomendarle: «tené cuidao con Josip, mirá que es neofascista». “Josip” es el nombre que en mi mente le he asignado al pescadero esloveno cuya afiliación política no me consta, pero a lo que más temo en estos días es al neofascismo que crece en Italia como la mala hierba.   

Siento que, de alguna manera, a pesar de conseguir en Trieste yuca y plátano donde ‘el chino’,  lo que estoy viviendo no es una globalidad, sino una especie de circularidad. Estoy retornando a mis antepasados.

Soy, de muchas maneras, mi abuela.