Curruchete triestino

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Curruchete

Ah, las vueltas de la saudade. Abro el noticiero digital. Un punto muerto. Ya enterraron al carnaval en Muggia. Ya pusieron la ceniza en la frente de los católicos. Todo continúa quieto hasta la próxima noticia caliente. En el periódico local, nada. El peatón distraído (no es siempre el mismo, claro) al que atropella a veces una moto, otras veces un auto, en las mismas esquinas del centro de la ciudad. ¿No leen el periódico los peatones distraídos? Antes de morir atropellados en las esquinas, digo. ¿O son suicidios asistidos?  Noticias de la capital, más de lo mismo. Habrá elecciones, no habrá elecciones, el Partido Democrático ¿se divide o no se divide? Todavía los coletazos de la equivocación del Oscar. Ahhhh. Qué lentitud llevamos.

Abro la nevera para tomar agua y veo un trozo de panela (o papelón, como quieran) que en una triste despedida de Mérida me dio una señora que siembra caña de azúcar y “saca panela” en Ejido, en uno de los pocos trapiches que dejó la revolución.

Afuera hace frío y corre viento. Me recuerda la tierra de mis abuelos en Trujillo. A 3.000 metros de altura. Aquí estoy al nivel del mar. Allá en mi lejana tierra hace frío y sopla viento a finales de junio. Hacia el 23 o 24 de junio se celebra San Juan por allá. Por aquí en Europa también, ¡qué causalidad! Pero aquí no comen curruchete para celebrar al santo. “Lo bueno de carecer de religión es que puedes celebrar cualquiera”, pensé un poco blasfemamente. ¿Hace frío y corre viento y hay panela y cuajada en la nevera? Pues es San Juan, o la víspera. Cualquiera sirve. ¡Celebremos!

Es así como saqué mi pedazo de panela, tal vez ultimo símbolo físico de mi militancia en la oposición. Emblema postrero de mi resistencia a la destrucción por el gusto de la destrucción, y la partí amorosamente en trozos y la dispuse en la olleta (así se dice por allá) y le añadí un poco de agua y clavitos de olor. Y disfruté del aroma de la melaza formándose con su perfume especiado; y cuando la miel estuvo densa, le añadí los trocitos de mozarella, porque este es un curruchete libérrimo, libertario casi libertino. No es un postre como lo califican en la superficialidad de Internet. Es una comida votiva, conmemorativa, auspiciadora. Lo comí a la salud de mi gente. Diciéndole adiós a una despedida. Conmemorando a mis manes trujillanos que cuando vivos cultivaron la tierra y llevaron una vida digna.

Miro por la ventana y los árboles están pelados. No son los alisos de mi infancia. Tampoco se oyen los niguaces, esos pájaros habitantes de aquellas montañas y que son como unos mirlos negros que azotan los cultivos. Por mi ventana desterrada sólo oigo las gaviotas del adriático y mastico con parsimonia mi curruchete triestino. Dulce y salado. Como una lágrima de miel de panela.

Así están las cosas.

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Un comentario en “Curruchete triestino”

  1. Que casualidad Lourdes, hoy le comentaba a mis niños lo rico que es tomar currunchete… aquí comienza el otoño y por supuesto yo me embarco en el tema del chocolate caliente y el Hot cross bun que PRETENDE, PERO QUE NUNCA será una ACEMA…. que lindos recuerdos de los Andes…. y yo en las Antípodas

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