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Anna

Esta mañana abrí el periódico (es un decir, porque es digital) y me di un paseo desganado por sus páginas “brincoteando” de titular en titular. En verdad, la noticia que busco es la que buscamos todos: que el confinamiento llegó (o está llegando, aunque sea) a su fin. En cambio, nada de eso. Ahora se habla de Junio en Italia…

¿Y el resto del mundo? Para mí se ha vuelto un caos. No entiendo casi nada. Estados Unidos por ejemplo, con su presidente “estira y encoge” que un día parece seguir la (ex) estrategia de Johnson y Bolsonaro: “esto es solo una gripe fuerte”, otro día quiere invocar poderes de guerra para obligar a GM a fabricar ventiladores, otro día  más y todos, menos ÉL,  deben usar mascarilla. Y a la volubilidad de este hombre se une la disparidad entre los ESTADOS… que de UNIDOS tiene solo el nombre.

¿Y Venezuela? ¿Y el resto de Sudamérica? ¿No ha comenzado el desastre para ellos? ¿O solo van a tener una “gripe fuerte”?, ¿o qué diablos va a pasar?…

Luego pensé qué pasaría, en verdad, si tuviéramos que estar no solo en confinamiento, sino también con ocho personas diferentes y un gato, en 50 m2, en completo silencio durante el día, sin poder usar un baño, o usándolo todos pero sin bajar el agua en todo el día; y todo esto y más durante dos años, como pasó con Anna Frank, su familia y la otra familia con la que compartieron ese horror.

Y pensar que en ese horror Anna aún encontraba tiempo para algo de felicidad. No sé si recuerdan los regalos de Hannuka, que ella se había inventado para alegrar unas fiestas que tal vez no volverían a celebrar en sus vidas. Recuerdo especialmente tres regalos que me conmovieron: una botellita de “shampoo” que ella había preparado disolviendo en agua los restos de jabón que nadie usaba. Y este regalo se lo dio a la persona que más la detestaba. Y el libro de crucigramas usado al que ella le había borrado pacientemente todas las soluciones para que se viera “nuevo” o casi nuevo, que le regaló a su hermana. Y un bono que valía por 10 horas de hacer lo que su madre quisiera; regalo para la madre, que se quejaba a menudo de su desobediencia vital. Y así por el estilo. Pequeñas ingeniosidades para celebrar la vida, aunque fuera “aquella” vida.

Al final, como sabemos, fueron delatados, sacados de su escondite y repartidos en campos de concentración donde murieron todos, excepto el padre. Y uno puede preguntarse ¿cuál es la diferencia entonces si al final está siempre la muerte?

La diferencia tal vez esté en cómo se vive. Anna le dio algún sentido a esa vida breve, trágica y absurda que le tocó en suerte. Alegró (e importunó, también) a los demás con sus ocurrencias. Aprendió a escribir bien y nos dejó —sin proponérselo— un documento importante. Un diario. Que se ha convertido en un símbolo de resistencia.