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Bienaventurados

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Donatella Versace

Me gusta usar jeans, o bluyines como propone el DRAE. No recuerdo desde cuando los uso, pero desde siempre me parecieron una invención cómoda. Un pantalón de algodón cuyo diseño creado por el judío Levi Strauss a finales del siglo XIX permitió que mineros, vaqueros y obreros de diversa índole utilizaran una prenda resistente en sus trabajos, y luego, que las generaciones futuras de hombres y mujeres se entregaran a esa comodidad azul que además funcionaba como un símbolo de juventud, de despreocupación, de desenfado.

Pero luego entra en juego la sociedad de consumo que no sabe ya qué hacer para convencernos de comprar jeans nuevos cada nueva estación. Porque la bendita prenda, además de ser democrática y versátil, es condenadamente resistente. Fueron diseñados para aguantar el trabajo duro de trabajadores rudos. Por lo tanto, duran, y eso es grave para la sociedad de consumo. Entonces la moda lanza tonalidades diferentes: azules intensos o menos intensos, o muy claros, casi desleídos, azul unicornio como los de Silvio Rodríguez, o desteñidos en partes estratégicas. Con cierres o con botones. A la cintura o a la cadera, pegados como medias o anchos como bolsas, o con apariencia de usados para lo cual son tratados con sustancias muy tóxicas para los trabajadores.

En estos momentos se llevan desgarrados. Y es algo que me perturba. Porque no entender algo me produce siempre desazón. Entonces observo. Veo por ejemplo, que el estilo de las roturas varía considerablemente de persona a persona. Desde la hendidura discreta hasta el desgarre total y calculado desde la cadera a los pies.

A veces creo entender que la destrucción textil va directamente proporcional a la riqueza de quien los usa. He visto, por ejemplo, fotos de grandes estrellas millonarias del deporte, de la moda o de la farándula que parecen haber rescatado sus pantalones de la jaula de algún animal feroz y vengativo. Es como si estos personajes lanzaran el mensaje de “Mírame bien; tengo tanto dinero que puedo jugar a parecer pobre”. Al menos eso es lo que me parece que se desprende (literalmente) de la esperpéntica foto de Donatella Versace con sus pantalones despedazados.

Por otra parte, podría también interpretarse al revés. No como una burla, sino como una velada, inconsciente y hasta cierto punto culpable solidaridad con la miseria del mundo. Pero sospecho que esta interpretación no es tampoco la adecuada. La moda es todo menos solidaria.

Me subo a un autobús en Trieste. Los autobuses en todas partes son verdaderos muestrarios sociales. En el bus número 6, por ejemplo, confluyen las personas de “estilo roto” con los verdaderos rotos del mundo: los sin-techo, los alcoholizados o los perturbados mentales quienes a veces llevan sus bluyines “genuinamente” desgarrados y sucios. Sin embargo, no observo solidaridad por parte de los esclavos de la moda hacia sus “modelos”. En el bus, ni en ninguna otra parte se produce acercamiento alguno entre los pobres falsos y los verdaderos pobres. No se saludan, no se reconocen entre ellos. Ni siquiera intercambian miradas. Como sospechaba, la solidaridad no toca ningún pito en este asunto del bluyín “empobrecido”.

Me viene entonces a la mente aquella bienaventuranza de mis tiempos de practicante: Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos, y me asalta otra posible interpretación ¿Es este deseo de parecer pobre un deseo de acercarse al reino de los cielos, a Dios? Pero luego recuerdo mejor. No era así. Era Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. Mi confusión no disminuye. Al contrario, parecería incrementarse. Porque entre estos pobres falsos y los verdaderos pobres quiénes, llegado el caso, poseerían el reino de los cielos, o incluso cuáles serían los verdaderos pobres de espíritu entre estos dos grupos?

Me quedo, como tantas veces, sin capacidad de responder a mis ociosas preguntas.

Cada vez es más difícil comprar un bluyín.

Cada vez hay menos actos inocentes… si es que alguna vez los hubo.

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