Fin de semana en Catinara

Jonás saliendo de la ballena

Lo siento por la ausencia de ayer. Recibí dos mensajes conmovedores. Uno preguntaba si me pasaba algo, y el otro, simplemente traía de subject: los lunes sin ti…. Gracias  S.  y Ch.

El asunto es que fui a hacer una cura adelgazante  en Catinara, “malgré moi” como dicen los franchutes. O “sin querer queriendo”, como decía el Chavo del ocho (programa maloso  de la tv mejicana), para que no se crean que no circulo por todos los medios lingüísticos.

En resumen,  el viernes tuve unos dolores abdominales atroces, y yo, que desde siempre he sido renuente a visitar hospitales le pedí a E. que me llevara a la emergencia del Ospedale Maggiore de Trieste. Y de allí me remitieron al hospital más grande de Trieste: Catinara, porque ya en el Maggiore no se hace cirugía.

Bueno, hoy es martes; me dieron de alta (y eso que soy baja, según bromea E.) ayer a las 4 de la tarde. Sin cirugía, y con todos los exámenes negativos, lo que paradójicamente es positivo.  Revisando en Internet (que debe ser una maldición para muchos médicos), encontré que hay un buen porcentaje de estos episodios cólico-abdominales que pasan sin causas graves aparentes. Esperemos que este sólo haya sido uno de ellos.

El asunto es que desde el viernes a mediodía me dejaron en el hospital alimentándome exclusivamente de agua y, a veces, cuando se volvían locamente liberales, me dejaban tomar manzanilla (la planta, que no la bebida alcohólica); y, por supuesto, otros nutrientes a través de una vía, gracias a lo cual casi no padecí hambre.

Así que otro medio al que no pensaba integrarme (por la proximidad a la desintegración que en ellos se respira) fue el Hospital de Catinara,  un gigantesco complejo hospitalario público que tiene 220.000 m², con 730 camas distribuidas en dos torres de 55 m cada una. Se puede decir que fui al vientre de la ballena y regresé intacta como el Jonás de la biblia.

Si hay un lugar de historias es un hospital. No en balde las series dedicadas a estos temas tipo “Scrubs” , “ER”, y pare usted de contar, tienen tanta audiencia. Cada caso, cada persona que allí entra trae a cuestas una historia, que superficialmente se llama historia médica, pero que es la historia humana.

Yo fui a parar a una habitación del piso 15 de cirugía general, para “observación”. Una habitación de cuatro camas  de impecable limpieza. Tuve una sola compañera de habitación de viernes a domingo (el lunes fue otra cosa), una mujer triestina de 80 años con una condición de veras seria.

En convivencia forzada, al poco tiempo te enteras de las historias. Es inevitable. Contar es una necesidad, como  plantea ese gran fracaso taquillero que se llamó “La guerra del fuego” (Quest for fire), una película muda, porque es sobre la raza humana pre-lenguaje, donde se propone (ya al final) el inicio del lenguaje como la necesidad de echar un cuento.

Así que, en poco tiempo, me entero de que la familia de sus suegros estaba emparentada con un héroe de guerra triestino llamado Nazario Sauro. También  me cuenta que su marido (ya fallecido) fue un apasionado del mar y que lo ayudaba en la barca; y que a veces sacaban tanto pescado que a ella se le llagaban los dedos de aguantar el peso de los anzuelos.

Esta mujer de 80 años, de quien no supe el nombre tiene un cabello hermoso todavía. Y cuando se lo dije me respondió:  “¡ah, si me hubieras visto a tu edad…cuando yo era joven! (sic) ¡No paraba de bailar en todo el verano! Y ahora mismo, a mi edad de 80 años,  tendrías que verme cuando me arreglo.”

En otra hora de tedio, cuando hablamos del Centro Internacional de Física Teórica de Trieste (ICTP) que lleva de nombre Abdus Salam por el premio Nobel de física gracias al cual se fundó, me contó que una vez, en la peletería para hombres en la que ella trabajaba hace mucho tiempo,  entró Abdus Salam en persona sin que ella lo reconociera, para comprar una billetera. Ella lo atendió y le hacía bromas por su indecisión para comprar y cuando él –ya premio Nobel— finalmente se decidió y le dio su tarjeta de crédito, ella se la llevó al jefe para que cobrara, y  se dieron cuenta con cierto temor de que ella había estado chanceándose con ¡Abdus Salam,  el premio Nobel de Física!

Era un hombre sencillo, dice ella sonriéndole al recuerdo y mirando el atardecer del magnífico golfo de Trieste por la ventana de nuestro 15º piso de hospital.

Calculo que cada día circulaban por nuestra habitación unas 30 personas entre enfermeras, enfermeros, camilleros, los operadores de las sillas de ruedas (que son otros), las rondas médicas (dos al día de tres personas), las rondas de limpieza (dos al día), las rondas de terapias: es decir los ayudantes que administran los medicamentos y, por supuesto, la ronda de los visitantes. Sin olvidar el vendedor de diarios que con su carrito se asoma a las 8 de la mañana y anuncia discretamente “Bon dí; giornali” (Buen día; periódicos); y el sacerdote que llega a las 9 con su bolsa de hostias consagradas al cuello ofreciendo la comunión, o en su defecto, dando una breve pero bonita bendición a los pacientes cuya hoja de vida dice “religión católica” (la mía y la de mi roomate lo decían).

Un día de hospital es un día de la humanidad. Todo carácter, todo defecto, toda virtud, toda vergüenza,  toda miseria, y también toda grandeza se suceden en una espiral que a veces parece lenta, pero que es en verdad vertiginosa de lo que somos para mal y para bien: humanos.

No me quejo. No hubo operación y  rebajé un quilo en 3 días. Y para tener una visión amplia de Trieste, ¿qué mejor que sus hospitales? Creo que toda experiencia puede ayudarnos a armar nuestro gran rompecabezas interior.

Hasta pronto y, de todo corazon,   ¡salud!