La fiebre del oro

Después de casi dos meses de ausencia, cosa que según el manual del buen blogger NO SE HACE SIN AVISAR, pues vuelvo; sin la frente marchita, porque uso buenos cosméticos cuando me acuerdo, pero sí con la aceptación humilde de que he faltado al decálogo. Y no es que no tenga temas. Tengo la lista de temas más colmada que nunca. Al contrario, los temas exceden mi tiempo. Me ha faltado el ánimo. Cuando me tomo el café en la mañana miro las noticias de mi país….puahhhh!. Cambio a las de Italia….puahhhh! USA, Siria, Paraguay, México, España…aghhhhhh!!! Cierro entonces la compu sin ánimo y me meto en las cotidianidades imprescindibles. Pienso que ante las barbaridades que pasan, que diablos importa lo que yo haga o deje de hacer por estos lados de Trieste.

Pero hoy, me ocurrió algo…. que en verdad me dio el impulso para volver a estas ociosidades.

Regresaba de diligencias variadas. Entre ellas unas relacionadas con Karmadivi.!Brrrrr! No necesito explicar esto a los venezolanos. Y a los que no lo son, ni lo intento: no lo entenderían. Así que paso.

Como digo, regresaba además con mis bolsas del mercado: pan, leche, huevos, azúcar, harina, café…. En fin, artículos que son de lujo en otros países. Debo decir que cuando regreso cargada de bolsas, regreso

en autobús. Así que me bajo a unos pocos metros de mi casa con dos bolsas en cada mano y veo a un hombre que camina hacia mi. Antes de cruzarnos, él se agacha, lo que me hace mirar al suelo y ver un anillo que él

recoge

rápidamente. Es un anillo grande, dorado:                ————->

Cuando nos cruzamos él me sonríe con el anillo en la mano, y de pasada me pregunta en un italiano penoso si será de oro. Yo me giro y él se acerca. Me lo muestra. El tipo, europa-oriental, calculo, unos 45 años, calculo,  me dice “es pesado, siéntelo”. Yo paso todas las bolsas a la mano izquierda y él me pone el anillo en la mano derecha. Es, efectivamente, pesado.

Él sigue: “¿será oro?”

Yo: ¿cómo saberlo?

Él mira el anillo por dentro y observa detenidamente una inscripción que me muestra (se ve borrosa en la foto):

–aquí dice 17.

Yo: usted si tiene buena vista (dentro de mi pienso que NO hay oro 17 quilates).

Él se lo mide en cada dedo, y no le queda. Entonces lo agarra, me lo pone en la mano de nuevo y me dice (su italiano sigue lamentable): “llévatelo. puede darte suerte, o a tu familia”.

Yo le digo. “no, el anillo es suyo, usted lo encontró”.

Y él:  “a mi no me queda”.

Yo hago por seguir mi camino y él me dice (creo) “dame algo”. Yo apenas le entiendo. Y el repite “dame algo…para comer”. Yo le muestro la bolsa. “Tengo pan”, le digo.  Y el tipo. “No, para comprar”. Yo, que me quiero despegar del tipejo y llegar a casa con mis bolsas, saco el monedero y lo que me sale es una moneda de 2. “!Que carajo!”, pienso, y se la doy.

Y él: “dame un poco más, dame ese billete de 10 que tienes ahí”. Me doy cuenta de que me está “vendiendo” el derecho a quedarme con el anillo de “17 quilates que puede traerme suerte a mi, o a mi familia”. Le digo: “No;  es suficiente; déjame en paz”. Me doy media vuelta y camino hasta la casa.

Después de desinfectarme las manos (cosa que siempre hago al llegar de la calle) y de poner el anillo dos-euros-17-quilates entre mis plantas de la ventana, me preparé un café meditativo (es decir, grande).

Porque estas cosas me divierten, pero también me cansan profundamente. Porque para mi, vivir como vive ese tipo significaría un cansancio mortal… Vivir diariamente “al borde”, pero un borde tan elemental, y sobre todo tan difuso, tan precario, debe ser de una fatiga increíble: comprar un montón de anillos que parezcan de oro (que ejerce una atracción atávica y universal en mujeres y hombres por igual). Apostarse en una vía. Por cierto, bien pensado eso de la parada del bus.  Poner el anillo previamente en el suelo. Esperar a tu víctima. Calcular la distancia. Hacer el gesto exacto hacia el “hallazgo” para llamar la atención, pero sin parecer obvio…. Repetir el guión de los 17 quilates… (pifia total, a primera vista, pero si se piensa bien es sofisticada, porque suscita en la posible víctima una cierta compasión por la ignorancia del otro). Y ganar… ¿ 1-2 euros?

Porque no creo que nadie le dé mucho más que eso. A lo mejor le han dicho que en Trieste hay gente rica. Lo que no le deben haber dicho es que el triestino es más bien pichirre. ¿Y por qué me escoge a mi que soy obviamente no-triestina? ¿O es aleatorio? Me canso solamente de pensar en todas las posibilidades.

Es probable también que hubiera una parte del guión que no se cumplió. Es probable que el scam completo incluyera la sustracción del monedero…y no hubo tiempo. Las venezolanas no perdemos el control de las carteras así nomás. Forma parte de nuestro entrenamiento callejero vital. Para sacármela de debajo del brazo hubiera tenido que atacarme y aquí no llegan a eso.

A medio café (el café era largo y yo morosa), como se imaginarán, ya yo sentía un poco de tristeza por este hombre y su humilde acto de prestidigitación. Cuando vamos a ver un mago pagamos voluntariamente –a veces mucho– para que nos engañen repetidamente. ¿Entonces qué es lo que convierte a ese mago solitario y chapucero en un ladrón y a esa mujer en víctima?

!Ah! De nuevo las finas fronteras conceptuales.

Anuncios