Un día de verano

iguana

Antes de su final, quería hablarles del verano que ya está en los estertores. Tema socorrido, ya sé. Pero es que el verano en Trieste es particular. El verano se asocia en todas partes con playa, ropa fresca y colorida, con bebidas frías y helados. Casi todas esas cosas las tiene Trieste. Nada de particular hasta aquí.

Durante el primer año de mi expatrio, me decía a menudo “pero, bueno, vas a vivir al lado del mar. De qué te quejas?

Y es así. Vivo al lado del mar y no me quejo. En Trieste me basta con agarrar mis “macundales” bañísticos, ponerlos en una bolsa de tela, añadir una botella de agua fresca y caminar 15 minutos para estar en el mar.

Durante mi primer verano triestino yo decía “voy a la playa”. Por costumbre caribeña. Porque en el Caribe no se concibe un mar sin playa. Son dos caras de la misma moneda.

La gente me corregía amablemente “vas al mar, no a la playa”. Porque Trieste tiene mar, pero no playa. Aquí se accede al mar por las piedras del Carso que son las montañas de estos lados. Así que Trieste tiene una mezcla de monte y mar que es especial.

Trieste tiene un paseo marino largo, de unos 4 kilómetros, por donde deambula buena parte de la sociedad triestina en verano. Las primeras veces me parecía extraño caminar entre gente que está echada en el suelo, casi directamente en las piedras. Uno atraviesa este paseo sorteando una cantidad de obstáculos humanos que sentados o echados leen, toman el sol exhibiendo distintos grados de desnudez, juegan cartas, leen, se acarician o duermen. Un pequeño porcentaje (nunca más del 10 % calculo) se atreve a ingresar al fresco mar Adriático por las escaleras metálicas situadas cada tanto y que son como pasarelas al mar. Y de ese 10%, digamos que un 4 % se mete al mar para nadar. Los triestinos viven atemorizados por las medusas (que las hay), por la indigestión o por un tiburón medio distraído que un día vino a parar a la costa triestina y ahora pervive aterrorizando la memoria de la comunidad.

Yo formo parte del 4 % que nada. El protocolo es el mismo. Busco un pequeño espacio en el suelo donde aposentar mi toalla marina, deposito mi bolsa de tela  y ya está. Ya he consagrado mi espacio. Luego me desvisto y me quedo en traje de baño, recojo mi máscara, tubo y chapaletas y me voy al mar por las escaleras.

No soy una gran nadadora, pero vagar en el agua mirando los peces del fondo o nadar suavemente de espaldas mirando las nubes, el sol y la humanidad que queda en la costa mientras me alejo es una sensación extraordinaria.

Y eso es lo que hacía ese día que ahora recuerdo. Flotaba de espaldas mirando la gente tirada en sus espacios veraniegos. Las señoras que jugaban en silencio, la pareja que se besaba también en silencio. Y, apartada de la masa, la atracción de este verano que era una triestina anciana que tenía de mascotas a cuatro iguanas y las traía para que se bañaran entre las piedras. A lo lejos un vendedor africano ofrecía fruslerías que los veraneantes rechazaban con languidez o compraban apacibles. En verano hay que ahorrar movimientos. Otro giro en el agua y a lo lejos veía, minúsculo, casi como un espejismo blanquiazul, el castillo de Miramare.

Usualmente, cuando me canso de estos ejercicios de observación salgo, me seco como puedo, me visto cuanto puedo y me voy a casa.

Este día en particular quise quedarme con la manada. Hay algo primigenio en echarse por tierra al lado de otros miembros de la especie sin otro propósito que estar allí, formando parte del rebaño.

Así hice. Me senté con las piernas recogidas y abrazadas. La cabeza apoyada en las rodillas mirando el horizonte, oyendo el golpeteo del agua contra las rocas. Me di cuenta de que muchos no hacíamos otra cosa que mirar el mar y oír su sinfonía.

El mar que lava, el mar que calma, el mar que de alguna forma nos devuelve la inocencia.

Ese día particular sentí que empezaba a formar parte de Trieste.

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