Verba volant

El expatrio, porque no se puede hablar de exilio, produce fenómenos curiosos en la memoria. Un día estás ahí, pensando en los tuyos, y como tu vida anterior se ha interrumpido artificialmente y de raíz, pues el espíritu, o el alma, o lo que sea que llevemos dentro de esta carne y estos huesos, comienza a –como decía mi abuela— “dar manotones de ahogado” en la memoria para intentar salvarse.

Y es así como contándole una anécdota a tu hermano o a tu hermana por whatsapp, o lo que estés usando, se te agolpan en la mente palabras que pugnan por salir, porque siempre estuvieron allí, en esa maraña neuronal que es la memoria. Y se activan y salen por la boca o por los dedos. Y entonces, cuando le quieres contar a tu hermano que ayer fuiste a pagar en la farmacia unas medicinas y se te había olvidado el monedero, te vienen a la mente palabras extrañas como “chácara” o “carriel”.  Y recuerdas que era tu abuela quien mencionaba así estos objetos para risa disimulada de los nietos.

Y vas a mirar el diccionario, claro, y resulta que “chácara” es una palabra de origen quechua que se abrió paso a pie o en lomo de bestia desde el sur hasta el norte para depositarse en Trujillo y que “carriel” tiene origen francés, y que a su vez se abrió paso, posiblemente más tarde y tal vez en barco, de norte a sur, y fue a parar también a ese lugar siempre remoto que es Trujillo, creando una maridaje especial de identidades y de objetos: la chácara dentro del carriel.

Ahora, esas palabras, viajeras como siempre han sido, andan por Trieste y vuelven escritas a Mérida, a los ojos de mi hermano, con mi pregunta ¿Te acuerdas que así llamaba la abuela al monedero y al bolso? Y él: “me acuerdo, hermana”.

Así es como  en el expatrio, nuestro espíritu se nutre de palabras antiguas, porque las otras, las que se forjaron después de tu partida, designan realidades muy distintas que ya casi nunca compartimos.

 

Aventuras, desventuras y reflexiones -sin pretensiones- de una venezolana en Trieste

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