Clichés

Llegué a Trieste hace 11 años, 8 meses, 14 días … así está especificado en el certificado de vida que te entregan. Habíamos –mi marido y yo— venido por un año.  A probar, dijimos.

Conseguimos un apartamento bastante conveniente por su cercanía con los trenes, los buses, el trabajo, etc.

Estaba amoblado, lo que era cómodo porque no pensábamos estar más de un año. Tenía una decoración… como decirlo, un poco particular. La enorme cama matrimonial parecía un gran catafalco. O mejor dicho, mezcla de catafalco y chinchorro, porque los muelles del sistema estaban vencidos y el colchón tampoco era nuevo. Compré una sábana. Es decir un solo juego de sábanas: la esquinera, la de encima y dos fundas en el primer lugar al que entré. No pertenecían al mismo juego. Las vendían por separado y traté de combinarlas sin mucho entusiasmo. No quería comprometerme con la nueva casa. Total, era solo por un año y las sábanas se podían lavar temprano en la mañana para usarlas limpias en la noche.

Pasó un año, dos, tres. Comprendí que el regreso no iba a ser pronto. Ni fácil. Comencé poco a poco a comprar otras cosas. Y a retirar todo lo que había en casa de dudoso gusto, que era mucho. Todavía hay un cuadro enorme en un pasillo mal iluminado –menos mal– con unas vacas oscuras que ¿pastan? ¡en una playa! En el sombrío paisaje, a lo lejos, se ve una cadena de montañas nevadas. Una nieve gris, casi marrón.

Cuando llegué a Trieste, el boleto de autobús de 10 pasajes costaba menos de 10 euros; 9,50, tal vez. Nunca, hasta hace cuatro años atrás, me habían pedido dinero en el autobús. En la calle sí. Pero eso es otra cosa. En la calle, los mendigos (y mendigas, !ojo!) pedían 20 c. 

Hace como tres años, una señora anciana, bien vestida se sentó a mi lado y al poco me susurró si no tendría por ahí un euro para regalarle. Me quedé inmóvil por segundos porque me parecía haberlo imaginado. Luego pensé si debía o no darle el euro. No recuerdo si lo hice. Creo que sí.

Ayer esperaba dentro de un autobús en la terminal. No era aún la hora reglamentaria de partir y vi por la ventanilla una señora como salida de un comercial alemán de mermeladas (o algo por el estilo): anciana, rubia de ojitos azules, menuda y regordeta, con falda de flores, abrigo grueso y pañuelo reglamentario –también florecido– en su cabeza. Llevaba en la mano un enorme ramo de flores amarillas. Lo que se dice un cromo. Entró y se sentó ligeramente detrás de mi y en diagonal, de manera que para mirarla yo solo debía girar la cabeza un poco, lo que hice un par de veces. Me fascina cuando las personas se convierten en personajes en un parpadeo.

Todavía quedaban unos tres minutos para partir y siento que ella me llama desde atrás (en italiano, claro):

­— !Señora, señora!

Yo me giro, y ella, que se ha bajado la mascarilla para hablarme, parece más comercial de mermelada alemana que nunca.

Pienso que me va a pedir indicaciones, alguna dirección, o a cantarme las maravillas de la confitura de frutos del bosque. Pero en cambio me dice:

— ¿Tiene por ahí dos euros para darme?

No le doy los dos euros porque en verdad me ha confundido bastante la situación y el autobús se pone en marcha, cortando con su ruido la incipiente conversación.

Cuando regreso a casa, un par de horas después, estoy todavía bajo los efectos de ese encuentro. Caigo en cuenta de que el mismo boleto de hace 10 años cuesta ahora casi 13 €. Y recuerdo que la anciana del autobús cuando se bajó la mascarilla tenía la cara con un rubor sospechoso, como de maquillaje, y los labios pintados. No alcancé a fijarme si el espléndido ramo amarillo era natural.

Me invadió una cierta congoja y por alguna razón me detuve ante el cuadro de las vacas para recrearme una vez más en su fealdad.  Descubrí que entre las vacas había una, tal vez dos pastoras en las que nunca había reparado.

¿Hay una moraleja? No creo. Se podría proponer “el tiempo pasa, y nada es como pensamos” pero suena tan cliché, tan «meme». Suena burdo, torpe. Como todo, últimamente.

Aventuras, desventuras y reflexiones -sin pretensiones- de una venezolana en Trieste

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