Cam-bur-pin-tón

Cualquiera que de niño haya tocado cuatro en Venezuela, reconoce las sílabas cam-bur-pin-tón como la regla mnemotécnica para las notas musicales LA RE FA# SI de la afinación del instrumento.

Mi hermana y yo tocábamos cuatro, pero fue una de esas aficiones pasajeras que se abandonan cuando vas a la universidad. Cuando yo tenía unos 8 años, mi padre nos regaló un “Método de cuatro» que traía montones de canciones populares con sus respectivos acordes e indicaciones sobre los movimientos de la mano. Obviamente, el método iba en progresión lógica desde los acordes y canciones más fáciles hasta lo verdaderamente complicado.

Recuerdo que en la primera página estaba la canción popular  Compadre Pancho con sus acordes y rasgueados fáciles. Y de eso quería hablarles. Mi hermanita y yo habíamos oído la canción —era muy popular— pero nunca nos habíamos detenido a pensar en el significado de su letra hasta que tuvimos en las manos ese libro de instrucciones.

La he recordado especialmente en estos días porque llevo más de 10 años oyendo llorar, a mis compatriotas venezolanos en el exterior, por un país que consideran perdido y que —según recuerdan— era el mejor del mundo: éramos ricos, había igualdad, libertad y fraternidad. NO éramos machistas, ni racistas ni discriminábamos a los homosexuales… !Ah!, se me olvidaba: era también el país de las mujeres más bellas del mundo. Y al decir esto último obviaban, claro está, el hecho de que el nuestro es uno de los tantos países donde hay mujeres adictas a la cirugía estética.

Solo un desprecio innato por las estadísticas o por los datos exactos puede estar en la raíz de todas esas afirmaciones sobre aquel país mitológico que se llamaba Venezuela y era, como dijimos,  el mejor del mundo.

Volvamos a Compadre Pancho, la primera canción que se encontraba en los métodos de cuatro y que las niñas como mi hermana y yo, y generaciones de otros niños y niñas después de nosotras aprendíamos como ejercicio “fácil”.

Solo reproduzco las tres primeras estrofas porque es lo que recuerdo. Así va:

Oiga compadre Pancho, lo que me pasa lo sabe usté

Que la negrita e’l  rancho con el pulpero ayer se me fue

Ay mi compadre, si usté la ve, dígale, por su hijito, compadre Pancho vuelva otra vez.

Oiga compadre Pancho, entre ella y yo no ha pasa’o na’

Solo que la camisa me la dejó muy almidoná

Ay mi compadre, si usté la ve, dígale, por su hijito, compadre Pancho vuelva otra vez.

Oiga compadre Pancho lo que me pasa le contaré

Palabras acaloradas y luego el puño que se me fue

Ay mi compadre, si usté la ve, dígale. por su hijito, compadre Pancho vuelva otra vez.

La historia que encierra esta canción que, repito, era la primera del método de cuatro que dos niñas de 8 y 6 años luchaban por aprender, contenía ya todos los elementos de un país descompuesto socialmente: corrupción de la familia, maltrato, violencia machista, abandono de la infancia, discriminación racial…

En ella, la víctima no tiene ni nombre, es “la negrita e’l rancho”. El fruto de esa unión es abandonado y ni siquiera es considerado hijo de ambos (a lo mejor no lo era); el hijo es solo de ella: «por su hijito». La “convivencia familiar” que refleja esta canción, por más que le doy vueltas,  no parece como un modelo de sociedad del “mejor país del mundo”:  la pareja vive precariamente en un rancho donde la mujer, poco más que una esclava, puede ser golpeada (a puño limpio) si no calcula bien la cantidad de almidón que se le pone a la camisa del amo….

Esta situación (elevada, además, a la categoría de folklore popular) era, y seguramente sigue siendo, la de un buen porcentaje de las “familias” venezolanas. Los políticos de turno fueron entrando y saliendo, cada uno haciendo la vista gorda ante esta y tantas otras realidades que condujeron a la ruptura de la colosal burbuja en la que vivimos por un tiempo los que sí nos beneficiamos del premio gordo de la lotería que nos sacamos una vez, hace ya mucho tiempo: el petróleo.

¡Ay, mi compadre! 

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