Naturaleza muerta

Hay días en que la aflicción está en su plenitud. Y te muerde el hígado como el águila a Prometeo. Me pasó ayer. Y comencé a pensar mientras barría mi habitación (detesto el ruido de las aspiradoras): «seguramente es que el cubrecama es muy oscuro. Ya el invierno está pasando. Lo cambiaré por el otro, el blanco». Tengo dos. Uno a rayas de colores beis, marrón y turquesa y otro blanco. «¿Para qué más?» pensé cuando me vine a Trieste desde Mérida. «Total, lo máximo que estaré fuera de casa son seis meses. No, no, un año. No, no, dos años. Bueno, hasta cinco años, en el peor de los casos… »

Han pasado diez.

Me hace falta la luz, las montañas, los ríos de montaña donde se percibe el nacimiento de los mitos. Me es difícil descubrir el mito en el mar. Tal vez no estoy acostumbrada a interpretar su voz.

¿Y las aves? En mi casa de El Valle llegué a conocerlas bien: las pavas de monte que al atardecer descienden de la montaña y vienen a refugiarse en la copa de los cínaros; las urracas querre-querre, ruidosas, grandes y coloridas que les robaban la comida a las perras; los gavilanes, que vigilaban a sus presas, inmóviles, casi camuflados en lo alto de los cipreses. Pero, sobre todo, los colibríes.

Aprendí mucho con ellos. ¿Sabías que se pueden domesticar muy fácilmente? Vienen a comer de tu mano si los acostumbras. Yo trabajaba en mi biblioteca y los colibríes venían a tomarse el almíbar que les dejaba en la ventana. Ya cerca de mi partida dejé de alimentarlos, un poco presagiando los adioses y otro poco porque me parecía que interfería con sus vidas. Pero igual seguían (y siguen) viniendo porque les gustan las flores de las buganvillas y las de los cínaros.

En Trieste tengo otras aves que vienen siempre a mi ventana. Las alborotadas gaviotas, que me recuerdan con su conducta a los querre-querres, las palomas siempre buscando las migas de pan del mantel que sacudo en la ventana, los cuervos que esperan pacientemente para llevarse lo que dejan las gaviotas.

Pero no hay colibríes. Ni en Trieste ni en Europa. Son de la parte tropical del continente americano. Y me  hacen falta.

Hace unos años me enteré de que cerca del Castillo de Miramare, en un pequeño centro de ciencia, tenían una colección viva de estas aves. No sé cómo los conservaban porque no resisten bien el cautiverio. Al parecer, el mantenimiento de la colección resultaba tan cara, que quisieron cerrar esa parte del centro.  Fue entonces cuando Berlusconi, que era presidente en la época, ofreció proteger el traslado de estas aves. No supe más. Nunca las vi. No me hubiera atrevido a visitar estas avecillas en cautividad.

Y así estamos. Ya van diez años. La habitación quedó más luminosa vestida de blanco. Yo, por mi parte, seguiré alimentando a las palomas, los cuervos y las gaviotas. A la espera de los colibríes.