Insignificancia

Hace poco reflexionaba sobre una conversación que tuve con mi hermano. Hablábamos de la repetición de patrones (psicológicos, sociales, etc.) entre los seres humanos. Y surgió el tema de que una vez en la prehistoria humana existió una gran variedad. De cómo se extinguieron las otras variedades del género “Homo”, quedando solo el “sapiens” como origen de todos nosotros. Tal vez por eso repetimos tantos esquemas y damos vueltas viciosas alrededor de ciertos temas.

Hace unos días salió la última novela de Kundera. Y hablando de repetición de patrones, les remito un extracto de la novela. El resto, a la imaginación de cada uno.

En partes de esta novela Kundera revive las reuniones informales que Stalin sostenía con sus adeptos más íntimos. En nuestro fragmento Stalin ha estado hablando de Kant y Schopenhauer.

Oigamos:

(Stalin a sus camaradas íntimos):

…[Schopenhauer estuvo más cerca de la verdad. ¿Cuál fue camaradas, la gran idea de Schopenhauer?

Todos evitan la mirada burlona del examinador que, según su célebre costumbre termina por contestarse a sí mismo:

–La gran idea de Schopenhauer, camaradas, es la de que el mundo no es más que representación y voluntad. Eso significa que, tras el mundo, tal como lo vemos, no hay nada objetivo. Ninguna “Ding an sich” (“cosa en sí”), y que, para hacer que exista esa representación, para hacerla real, debe haber una voluntad; una enorme voluntad que la impondrá.

Zhdanóv protesta tímidamente:

–¡Iósif (nombre de Stalin), el mundo como representación! Toda la vida nos has obligado a afirmar que era una mentira de la filosofía idealista de la clase burguesa.

–¿Cuál es, camarada Zhdánov, la primera propiedad de una voluntad?

–Zhdánov calla y Stalin responde:

–Su libertad. Puede afirmar lo que quiera. Dejémoslo. La verdadera pregunta es esta: hay tantas representaciones en el mundo como hay personas en nuestro planeta; eso crea inevitablemente el caos; ¿cómo poner orden a ese caos? La respuesta es clara: imponiendo a todo el mundo una única representación. Y sólo se puede imponer gracias a una única voluntad, una única, inmensa voluntad, una voluntad por encima de todas las demás voluntades. Esto es lo que he hecho mientras las fuerzas me lo han permitido. ¡Y os aseguro que, bajo el dominio de una gran voluntad, la gente termina por creer cualquier cosa!

¡Oh camaradas, cualquier cosa!

Y Stalin rió con felicidad en la voz.

Kundera, M. La fiesta de la insignificancia. Tusquets. 2014.

108-110

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