
De niña, pasaba bastante tiempo en casa de mis abuelos con mi hermanita. Allí, la hora del almuerzo era memorable. La mesa la presidía el abuelo y la abuela no se sentaba nunca con nosotros. Ella tenía unas dietas muy especiales y solía comer antes o después de los demás. En la mesa estaba prohibido hablar. Solo se comía. Mi hermanita y yo nos entendíamos con miradas, carraspeos y pataditas por debajo de la mesa, sin hablar.
El abuelo tuvo un accidente y había perdido la visión de un ojo. No recuerdo que tipo de accidente, el caso es que él comenzó a usar lentes ligeramente oscuros para ocultar su defecto. Pero alguien, en el campo donde él tenía su hacienda cafetalera, le había dicho que tomarse el humor vítreo de un ojo de res (sin importar el sexo del animal) lo haría recuperar la visión. Hay que decir que el abuelo en el fondo no creía mucho, pero, por si las moscas, comenzó a tomar este líquido gelatinoso todos los días, después de almuerzo.
Desde el accidente, cuando nos sentábamos a la mesa y antes de que trajeran la comida, al lado de los cubiertos del abuelo había un plato blanco con un ojo de buey encima, un cuchillo pequeño muy afilado y un vaso transparente. El primer día que mi hermana y yo vimos estos macabros objetos, nos miramos con los ojos explayados de miedo y asco. Pero no podíamos hablar. Mucho menos preguntar. Ese día mi hermana y yo comimos tragando grueso cada bocado y mirando de soslayo con nuestros ojos vivos ese enorme ojo muerto que parecía verlo todo, como el ojo de Dios.
El almuerzo terminó, pero nadie podía levantarse antes que el abuelo. Este retiró sus platos vacíos y acercó el vaso, el plato con el ojo y el cuchillo, en ese orden. Agarró el ojo firmemente con la mano izquierda y con el cuchillo le hizo una incisión, exprimió en el vaso el contenido gelatinoso del ojo y se lo tomó de un solo trago. Acto seguido dijo su fórmula para levantarse «¡demos gracias a Dios!» y salió del comedor para ir a lavarse las manos.
MI hermana y yo nos quedamos un buen rato en silencio mirando fascinadas los restos del ojo destrozado sobre el plato. Y durante muchos días, después de cada almuerzo, asistíamos al mismo sacrificio ritual. En silencio, como debía ser.
Durante esas vacaciones, comenzó a dolerme mucho el ojo izquierdo. Solo me había atrevido a contárselo a mi hermanita quien llegó a la conclusión más lógica. Me abrazó, y con su vocecita tierna me susurró la pregunta que yo tanto temía:
¿Te vas a beber el ojo?
HAPPY HALLOWEEN!!!