Tonada de luna llena

Tonada de Luna Llena

Hay luna llena en Trieste, iba a decir, y me atacó la risa. Hay luna llena en el mundo. Pero yo vivo en Trieste. Sin haberlo deseado. Como tantas cosas que recibimos en la vida.

Hay una luna llena que aquí en invierno se ve desde las 5:30 de la tarde, por esas razones de  latitud o longitud o rotación o traslación. Sobre todo de traslación.

Luna que me llevó a buscar esa canción de Simón Díaz que siempre me hará llorar esté donde esté. Tonada de Luna Llena.

Esta canción, además de gustarme y conmoverme, siempre me ha sorprendido por montones de razones. Una es esa paradoja de ser una canción del llano, ese paisaje hermoso y rudo de nuestro país y de estar cantada por un hombre en ese tono atiplado, casi femenino que tienen muchos cantos de esa región. Es como si la dulzura del tono tratara de suavizar la aspereza de esa vida.

En Tonada, además, Simón Díaz corta y pega libremente versos sacados de canciones de trabajo recogidas aquí y allá en Venezuela: canciones de ordeño, de arreo y, curiosamente, cantos de lavanderas. El resultado podría aparecer incoherente si no fuera porque esa cadencia mágica de la tonada en comunión con la voz del cantante envuelven todo como la niebla del amanecer llanero.

La luna me esta mirando

Yo no sé lo que me ve

Yo tengo la ropa limpia

Que ayer tarde la lavé

Esto es lo que canta Simón en algún punto de la Tonada, y en su voz aguda nos trae la de tantas mujeres que distraían así su duro trabajo de lavar en el río como lo hacían Nausicaa y sus amigas en la Odisea, o como lo siguen haciendo tantas mujeres en la India. 

En esos 4 versos, enigmáticos para casi todo el mundo, la lavandera le canta a la luna llena que siempre parecerá un ojo que juzga desde cielo nuestros actos y que nos sigue con su mirada inquisidora y omnipresente.

Le canta a la luna que —en su interpretación— trata de reprocharle algo injustamente. Porque ella ya lavó ayer toda la ropa de casa. Es una mujer sin tacha.

Esos cuatro versos enuncian el deseo femenino de perfección expresado por una lavandera y llevado a un extremo desquiciado por Martha Stewart, por ejemplo. La perfección a la que se nos obliga a las mujeres y por la que se nos juzga. Un juicio que llevamos dentro y que leemos hasta en la sencilla aparición de la luna en el cielo.

¿Más razones para llorar con la Tonada? No tanto. Uno aprende a ignorar los juicios. Y a admirar la luna por lo que es.

Gracias por la Tonada, don Simón.  

Aventuras, desventuras y reflexiones -sin pretensiones- de una venezolana en Trieste