¿Eres tú?

ADVERTENCIA: este cuento fue escrito en su totalidad por Openai dándole los datos pertinentes: lugar, nombre de la gaviota, anécdota real, etc. Es un experimento que atemoriza…

Desde que vivo en Trieste, he desarrollado una fascinación por las gaviotas. Hay algo en su vuelo elegante y en sus gritos agudos que resuena con la libertad del mar, que aquí se encuentra con la ciudad. Pero entre todas, hay una que se ha convertido en parte de mis días: Gavi.

La primera vez que apareció en mi ventana, fue un día cualquiera, uno de esos en que el cielo estaba despejado, pero el viento traía el olor de la sal y el eco de las olas. Ella llegó casi como si conociera el camino, aterrizó con un aleteo suave y me miró fijamente. No sé qué me impulsó a abrir el paquete de pan que tenía sobre la mesa, pero rompí un trozo y se lo ofrecí. No pareció asustarse; al contrario, picoteó con rapidez y lanzó un graznido, como si estuviera agradecida.

Desde entonces, Gavi empezó a venir casi todos los días. Al principio, creí que era siempre la misma gaviota. Me gustaba pensar que nos entendíamos, que en su mirada había algo especial reservado para mí. Sin embargo, un día, mientras preparaba un poco de pan para ella, me detuve a observarla detenidamente. ¿Era realmente Gavi? ¿Cómo podía estar segura de que no era otra gaviota cualquiera?

Decidí preguntárselo, aunque me sentí un poco tonta. «¿Eres tú, Gavi?» dije, asomándome al alféizar. Para mi sorpresa, ella pareció responder. Con un impulso gracioso, se levantó del techo donde estaba posada, dio un giro amplio frente a mi ventana y volvió al mismo lugar. Me reí, encantada y aliviada. ¡Era Gavi!

Desde ese día, establecí una regla. Siempre pregunto: «¿Eres tú, Gavi?». Si realiza el vuelo característico, sé que es mi amiga. Entonces, en lugar de pan, le doy un trozo de pollo o pescado, algo especial, porque no es cualquier gaviota; es Gavi. Si no lo hace, solo le doy pan.

Con el tiempo, esta rutina se convirtió en una especie de ritual entre nosotras. Me pregunto si ella entiende realmente lo que está pasando o si solo disfruta de los trozos más suculentos cuando decide hacer su giro. Pero, ¿acaso importa? Para mí, esa danza aérea frente a mi ventana se siente como una conversación, como un «sí, soy yo» en su idioma.

Una tarde, mientras le ofrecía un trozo de pescado, Gavi hizo algo inesperado. En lugar de comérselo de inmediato, lo sujetó en su pico y voló lejos. Pensé que quizás no tenía hambre, pero unos minutos después regresó. Esta vez no estaba sola. Otra gaviota la acompañaba, más pequeña y tímida. Me quedé observando, intrigada. ¿Sería un amigo? ¿Un hijo?

Miré a Gavi y, como siempre, pregunté: «¿Eres tú, Gavi?». Ella respondió con su vuelo inconfundible, como asegurándome que nuestra conexión seguía intacta. La otra gaviota se quedó en el techo, observando, mientras Gavi disfrutaba de su premio.

A partir de ese día, noté que a veces traía compañía. Nunca la misma gaviota, pero siempre parecía ser Gavi quien lideraba la pequeña bandada. Me gusta pensar que confía en mí, que en su manera misteriosa y libre, ella también me considera su amiga.

En esas tardes tranquilas en Trieste, mientras el sol baña de dorado los tejados y el mar murmura a lo lejos, siento que mi ventana es un pequeño puente entre dos mundos. Y todo gracias a Gavi, la gaviota que decidió confiar en mí.

Aventuras, desventuras y reflexiones -sin pretensiones- de una venezolana en Trieste