Las tentaciones del militarismo

  (A la memoria de Alejandro, mi padre, en un momento crucial para mi país).

  

 

Yo nací bajo un régimen militar. Y eso explica después de muchos años muchas cosas que nunca entendí de niña. No entendía por ejemplo, por qué mamá y papá no tenían trabajos fijos. O por qué duraban tan poco en cada trabajo. Sobre todo mamá. Era maestra, y no había forma de que trabajara dos veces seguidas en la misma escuela. De Cabimbú a la Plazuela, a la Alameda, a Mesa de Gallardo…. Y papá, de Rio Paují, a Motatán, a Caracas, donde lo alcanzó el 23 de Enero de 1958 y casi muere en un fuego cruzado cuando trataba de escapar hacia Trujillo donde vivíamos.

Papá y mamá trabajaron en la clandestinidad como mucha gente común de la época para salir de un régimen militar que acosaba a la población. Mamá cuenta que en las ultimas épocas del régimen de Marcos Pérez Jiménez (MPJ), los jóvenes miembros de lo que era un partido socialista entonces, Acción Democrática, se pasaban mensajes clandestinos que escondían en minúsculos papeles guardados bajo las uñas. Mis padres fueron mensajeros clandestinos de los que trabajaban “con las uñas” cuando aún no tenían la edad de mis hijos hoy en día.

Cuando las cosas se ponían muy difíciles para nuestra vida, a mí me internaban en un colegio de monjas. Así que ademas de las múltiples casas en las que me tocó vivir por la constante movilidad laboral de mis padres, también vivía por temporadas en un colegio donde era la única niña interna de primaria. No me quejo. Aparte de que estaba muy sola, allí estaba segura, por lo menos. En el colegio me trataban bien. Las “mayores”, es decir las jóvenes que estaban en bachillerato se turnaban para hacerme de hermanas, peinarme  y ayudarme en las mañanas.

Cuando la cosa mejoraba un poco, yo volvía a casa. A papá lo veíamos escasamente en esa época. Recuerdo una navidad en que vino de pasada, a ver cómo estábamos. Como un fugitivo, como un clandestino. Se quedó unas horas desde la noche hasta la madrugada y luego se fue. Una navidad poco alegre, créanme.  Creo que trabajaba en el central azucarero de Motatán para esa época. Él no era ninguna persona importante políticamente hablando. Sólo que disentía del régimen militar. Y se sabía. También tuve un tío preso y torturado por la Seguridad Nacional, la brutal policía de la época.  Tampoco mi tío era importante. Si esto le pasaba a la gente sin importancia, es fácil deducir qué pasaba con los otros.

En 1958 todos los partidos que trabajaron juntos en la clandestinidad lograron hacer escapar al General MPJ y a los miembros principales de su cuadrilla. En mi ciudad, los recintos de la oprobiosa Seguridad Nacional fueron incendiados por la población, y el edificio quedó así, en escombros quemados por muchos años, para que la gente recordara.

Mis padres siguieron con sus vidas ya en democracia y siguieron militando en un partido en el que creyeron de jóvenes y que los traicionó de adultos. Pero nunca nos amargaron la existencia con sus propias amarguras, ni nunca nos pidieron compartir sus creencias. Al contrario, nos dieron educación que en su opinión, era lo único que nos ayudaría en nuestras vidas, como efectivamente ha resultado.

Cuando el teniente HCHF llegó al poder por lo votos, mamá no podía creer que la gente !ya hubiera olvidado! Que de una manera “democrática”, pero sobre todo irresponsable, la gente hubiera elegido a los militares de nuevo. Muy en el fondo también nos aliviaba que al menos papá no llegara a vivir esta etapa y a sufrir de nuevo.

Hoy en día tenemos militares de civil en todas partes. No sólo militares venezolanos sino también extranjeros. En el mundo casi no quedan regímenes militares, pero Venezuela, ingenuamente –por no ofender–  cree que puede progresar apostando por uno.

Yo no puedo, amigos. Yo no puedo, familia. Y no entiendo a los que sí pueden. Respeto las historias de cada quien. Y no creo que los adecos o los copeyanos, o los comunistas, o los xyz-istas sean una solución en sí mismos. Pero los militares SÍ SÉ que nunca lo han sido, ni lo serán. “Democracia” y “militar” son palabras que nunca han formado parte de la misma frase. Al menos no de una coherente, o feliz.

En gran parte por amor y respeto a papá, a Alejandro, a mamá, que pasaron sus años jóvenes –un modestísimo hacendado que perdió sus tierras y una maestra de escuela–  vagando en círculos, tratando de escapar a las pequeñas, miserables venganzas del gobierno militar de la época, no puedo, ni medianamente apoyar el militarismo como solución.

No creo en un mundo donde haya que buscar enemigos o guerras imaginarias. Los enemigos reales están a nuestro alrededor, se llaman pobreza, enfermedad, ignorancia, soberbia, codicia. El verdadero enemigo también está dentro de nosotros y se llama olvido.

Este escrito breve es para explicar mi posición a mis amigos, a mi familia. No espero que todos lleguen a compartirla. Pero si al menos llegan a entenderla, me doy por satisfecha.

!Gracias papá por la mejor herencia!

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