Torta al limone

Mis incursiones en los supermercados de Trieste son siempre reflexivas. No me da vergüenza admitir que recién llegada aquí, el momento de la compra se me hacía emocionalmente difícil porque inmediatamente comparaba tanta abundancia con la escualidez y a veces directamente escasez de un supermercado en Mérida (Venezuela).

Ya esa etapa ha pasado. Y disfruto yendo a los mercados y supermercados y perder tiempo mirando tan gran variedad de productos (consigo harina PAN importada de Colombia…).

Hace poco buscaba levadura y en los anaqueles correspondientes a pastelería vi de refilón algo que me capturó la mirada. Eran unos paquetes delgados, brillantes, elegantes, de papel aluminizado que ponían “Torta al limone”.

Yo sé que muchas de nosotras (y tal vez los “nosotros” más jóvenes que ya cocinan: los hombres del pasado no cocinaban) hemos comprado alguna vez en la vida, con cierta vergüenza y culpa, alguna caja de mezcla en polvo ya lista para mezclar y hacer tortas. Y las hemos hecho y disfrutado. Esta no era una caja de harina con levadura y sabores. Era un sobre elegante y lo que había dentro era LA MEZCLA LÍQUIDA ya lista.

Es decir, compras el producto, llegas a casa, abres el elegante empaque y viertes la mezcla en un molde (debes engrasar el molde, sorry, todavía no los venden engrasados), lo pones al horno (debes prenderlo) a 180 º por media hora y según las instrucciones en el sobre (debes leer, nada es perfecto), obtendrás una sabrosa torta de sabor a limón. Y según el sobre, tiene hasta el porcentaje de limón real requerido por la UE.

Me quedé con el paquete en la mano sin decidirme. Yo sabía de la existencia de estas mezclas desde hace mucho. Pero las había ignorado totalmente. Sin embargo, este empaque era tentador: tan colorido, tan liviano, tan limpio…y la marca era de una de mis marcas favoritas de pasta….

Finalmente lo compré (3.50 euros) porque tenía que probar. Debía poder demostrar que aquel sobre, con todo y lo atractivo,  produciría una soberana porquería incomible que sería una ofensa al recuerdo de las tortas de limón de mi abuela, batidas a mano, con un batidor de aspas de madera, en un recipiente de madera, con huevos de sus propias gallinas que se habían seleccionado en la jaula del patio trasero,  con la mantequilla encargada especialmente para la ocasión y el extracto de verdadera vainilla guardado en un escaparate como si  de Chanel nº 5 se tratara.

Llegué a casa. Busqué un molde desechable (no tenía otro), lo engrasé, abrí el sobre aluminizado, vertí la mezcla y pidiéndole perdón a la memoria de mi abuela, la metí al horno a 180º.

¡Ohhhh amigas y amigos!

¡Qué gran desilusión!

Todas mis bajas expectativas se fueron al mismísimo…demonio.

En primer lugar, la torta creció uniformemente y llegó hasta la altura deseada en el tiempo pre- establecido. Luego, el aspecto era de un dorado seductor increíble. ¿Y el sabor?, se preguntarán ustedes: ¡era espléndido! Un genuino sabor a limón en un bizcocho perfectamente horneado.

Me comí casi la mitad de la torta con lágrimas en los ojos. Confieso que no todas las lágrimas eran por la memoria de mi abuela. Parte de ellas se debían a pensar en el montón de carbohidratos que me estaba zampando en una sola sentada.

La otra mitad de la torta se la regalé a una amiga. Por un poco  de respeto a la abuela (y a los carbohidratos, claro).

Señoras y señores, la maquinaria del consumo está perfectamente aceitada y funcionando. Sus sirenas seductoras cantan cada vez más alto y con voces más bellas y firmes; y ya no hay tapones de cera tan eficientes como en tiempos de Ulises para evitar oír sus cantos.

Solo pido a los dioses correspondientes que se invente pronto una bacteria que se alimente exclusivamente de toda la basura que estamos produciendo.

Porque eso sí, las tortas de mi abuela se hacían muy lentamente, pero no producían casi basura (excepto las del catabolismo): las cáscaras de los huevos regresaban al patio con otros restos vegetales para alimento de las gallinas que producirían más huevos. Un molde de torta te duraba toda la vida. Los batidores de paletas de madera, muy duraderos también,  no consumían energía eléctrica. Sino energía humana (o casi): mi hermana  y yo (todavía niñas obedientes) batíamos –en secuencia– aquella mezcla dorada, dándole ocasionales lamidas a la paleta, y mejorando así el proceso de fermentación leudante, hasta que la abuela consideraba la mezcla apta para el horno.

En esto del consumo veloz hay algo podrido.

Y no sólo en Dinamarca.

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