Per-versiones

distorsion

En el principio era el verbo o tal vez el verso. Porque quien dice verbo dice palabra y quien dice verso dice vuelta.

Y es que la revolución venezolana es amante del verbo y también vueltera. Su fundador no podía callarse nunca. Hablaba a diestra y a siniestra, a tontas y a locas, de lo que sabía y de lo que ignoraba… que era casi todo. Y sobre todo era gran amante de la perversión del lenguaje, actividad que suponía esencial para la creación del hombre y la mujer nuevos.

Pareciera que todo “iluminado” de la historia, todo salvador de los pueblos se ha erigido en creador. Los redentores van por la vida re-fundando lo que ya existía; volviendo a crear lo que ya estaba allí desde hace tiempo, re-inventando desde la rueda hasta la sarna, desde el dormir acostado hasta el cagar agachado, y así otras cosas y otros actos sin los cuales las nuevas patrias (y matrias) así fundadas y los nuevos habitantes de esos insólitos territorios (liberados) no podrían vivir de ahora en adelante.

Pero en esos simulacros de creación, en ese génesis plagiado, deben necesariamente re-nombrar. Deben dar nuevas versiones de las palabras antiguas. Nuevas versiones que son per-versiones. De ahí que la “revolución” cual Locademia (Bolivariana) de la Deslengua se invente nuevos términos o corrompa los ya existentes en la esperanza de crear de la nada, o mejor dicho del aire, puesto que las palabras son sólo viento, una realidad nueva que supere al pasado.

Pero las palabras no dan para tanto. Son sólo juegos sonoros completamente vacíos si la realidad que describen no las sostiene y apuntala.

Entre otras tantas per-versiones, la revolución nos propuso, por ejemplo, “buenandros” en lugar de malandros. Pero la palabreja, el neologismo díscolo, no quiso hacer la magia. Llamarlos buenandros ¡oh sorpresa! no llevó a la desaparición del crimen. O tal vez también se tendría que haber cambiado la palabra “crimen” y llamarlo, por ejemplo, “kirmen”. Una fusión de crimen y karma, según la cual el buenandro pasaría a ser sólo un mensajero divino que ejecuta un acto de justicia derivado de las acciones pasadas de la víctima, o de las de sus antepasados. ¡Diablos, pero también habría que cambiar la palabra “víctima”.

Otra adulteración famosa fue la de los “dignificados” que A.C (antes de Chávez) se llamaban damnificados (¡horror!). Pues hete aquí que la reacia palabra,  a pesar de lo made-in-revolution tampoco quiso funcionar como hocus-pocus ni abra-cadabra (ni hostias, como añadiría un buen español). Ha habido muy poca dignidad en la rehabilitación de las víctimas del deslave de Vargas ya hace tantos años. Siguen en el daño (damni) con muy poca dignidad.

El diccionario revolucionario es vasto y sobre todo basto. No sigo ahondando porque corro el peligro de ahogarme en una majadería simil-lingüística sin igual.

Pero no puedo alejarme mucho, aun queriéndolo, porque ahora las distorsiones ya las usamos y !hasta las ingerimos!. Regreso a Venezuela por dos meses y quiero llevar una vida corriente, de persona sin pretensiones (no las he tenido nunca). Quiero tomar un café con leche, por ejemplo, quiero ducharme. Creo que ninguna de estas dos aspiraciones puede pasar por exagerada, ambiciosa, imperialista o contrarrevolucionaria en ningún rincón de la tierra en pleno siglo XXI.

Hago la peregrinación como si fuera la de la virgen de Lourdes y encuentro “café” en el quinto mercadito que visito. Pero ojo, lo que A.C se llamaba café y tenía un precio asequible, ahora se llama “café gourmet” o “cafégurmé” y es casi inaccesible. ¿Lo toma o lo deja? Lo tomo. Paso a querer comprar leche y me cuentan que lo que predomina ahora, lo que se lleva, cual moda, se llama “bebida láctea” que se parece “bastante” a la leche que se encontraba A.C. Examino un par de esas bebidas lácteas y advierto que una lleva la marca “Elche” (!lo juro!), tal vez en la esperanza de que entre los compradores haya bastantes disléxicos.

Una vez en casa y luego de ingerir esos nuevos brebajes cuya combinación (cafégourmé con elche) aún no tiene nombre, quiero satisfacer mi otra ambición tal vez pequeño-burguesa y apátrida, pero en fin… ¡la carne es débil!, sobre todo si está sucia: quiero asearme. Darme una ducha pues, lavarme el pelo (me entero que ahora se dice cabello al de la cabeza y pelo al de las partes prudentes. Nadie habla de las axilas). El sobrino que me cuida la casa en mi ausencia me extiende generosamente un jabón minúsculo made-in-Colombia y obtenido por él mismo, atravesando la frontera, a pie. Con lágrimas en los ojos veo que el jabón todavía se llama así, sencillamente “jabón”; tal vez porque viene de Colombia. También me cede espléndidamente un líquido que antes se llamaba champú, pero como no está hecho en Colombia sino que es “nuestro”, tiene el hilarante nombre de “Loción capilar limpiadora espumante para adultos”. Vuelvo a jurar que es así.

Ya en la intimidad del cuarto de baño leo y releo el nombre de la falaz “Loción capilar limpiadora espumante para adultos”. Tengo una sensación de dèja-vu y recuerdo de repente un mundo similar, de vocabulario corrupto y realidades torcidas. Ese mundo …!es el de la cárcel! Y caigo en cuenta con espanto: ¡estamos presos! En Venezuela, y desde hace tiempo, estamos presos.

Le pido calma a mi imaginación desbocada. Tal vez no sea para tanto. Tal vez sea sólo una sensación. Tal vez sólo estemos –como cínicamente propone una archiconocida ministra– “Privados de Libertad”.

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4 pensamientos en “Per-versiones”

    1. Oye, una de las maneras más efectivas de poder soportar el absurdo es estudiarlo y someterlo a disección, pero en este caso la lingúista eres tú. De todos modos puedo darte alguna información sobre ese universo de la metáfora (por no llamarle de la diarrea verbal).

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      1. Por el momento, estoy sólo tratando de vivir como los alcohólicos. Venezuela se ha convertido en un país de alcohólicos. Se vive “un día a la vez”. El futuro nos está negado.

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  1. Amiga, es lo mejor que he leído nunca sobre la jerga “revolucionaria”. Un hilarante ejercicio de ironía. Sería probablemente de interés lingüístico hacer una recopilación de términos y hasta un estudio de lenguas comparadas con la jerga del sistema castrista al estilo cubinche (una corrupción del habla del cubano, que es lo que predomina en la realidad cotidiana de ese otro país). Algo así como lo que hizo Fernando Ortiz con su “Glosario de Afronegrismos”.
    Un abrazo

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