Sombras nada más

En estos días de acusaciones sobre abusos sexuales, de revivir memorias sepultadas, de persecución de lujuriosos contumaces o de judíos de sexualidad frustrada, me viene a la mente esa cursi novela con secuelas acerca de unas tales “Sombras de gris o de Grey”.

No he leído ninguno de estos libros que fueron best-sellers por un tiempo, porque a veces no hay que probar la caca para comprobar que en efecto lo es. Un par de escritores a quienes respeto mencionaron la pésima calidad literaria de estos libros y eso me bastó.

Pero una amiga triestina (y joven, además, ¡qué esperanza!) me habló con entusiasmo de estos libros y prometió prestármelos. Cuando me explicó que “todo el mundo los estaba leyendo” y que eran sobre sado-maso le dije que no gracias. Y es que para mí el dolor es dolor y el placer es placer y los tengo en compartimentos diferentes y separados. Como el culo y las pestañas. No me atrae juntarlos, por más que le haya dado vueltas al asunto en mis lejanas lecturas del Marqués de Sade. A esta altura de mi vida sé pocas cosas. Pero sí sé que martillarme o que me martillen el dedo gordo del pie, por ejemplo, jamás va a formar parte de mi repertorio erótico. Pero admito que puede ser una posibilidad ambicionada por mucha gente.

Sin embargo, me sigue llamando la atención que la autora de los bodrios literarios en cuestión sea una mujer y que se encargue de seguir difundiendo el cliché de que a las mujeres les gusta sufrir. ¿Recuerdan esas propagandas de líquidos para limpiar pisos en las que las mujeres aparecían con caras de placer casi orgásmico limpiando el suelo? Bueno, a estas cosas me refiero: pasar un palo por el piso con un trapo mojado amarrado en un extremo, unas cien veces al día, produce dolor de espalda y excoriaciones en las palmas de las manos de los seres normales (casualmente hombres), pero curiosamente, les produce gran placer a la mitad de la población que –al parecer– no son normales (mujeres). “Mistolín” (así se llamaba el producto de limpieza), a su manera, también ha sido un best-seller traducido en todas las lenguas posibles.

Volviendo al Mistolín literario que nos ocupa, sólo llego a entenderlo (no a justificarlo) a partir de simple y vulgar codicia. Imagino a la autora del esperpento pensando en cómo producir un éxito de ventas y embolsarse una cantidad considerable de dinero a expensas de amas de casa crédulas y jóvenes frustradas, o viceversa. Y se le ocurre explotar un cliché. ¡Y, misteriosamente para mí, tiene éxito! Es como la Corín Tellado de otra época, pero ahora con personajes que usan vibradores y látigos y cosas así.

Por otros chismes de pasillo me entero de que el personaje central masculino es hermoso y millonario. Mmmmm.

Mi pregunta ahora es si el personaje femenino que se somete a los actos sádicos, si la que pone el dedo gordo del pie para que se lo martille un tipo, que de otra forma parece no alcanzar una erección, haría lo mismo con un personaje nada atractivo y sin millones. El vulgar, corriente y sudoroso vendedor de verduras de la esquina, por ejemplo.

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2 comentarios en “Sombras nada más”

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