
El verano NO es mi estación favorita. Soy de tierras frías y me gusta. El mar me parece un espectáculo soberano, pero no me inspira veneración, como una montaña, por ejemplo. He vivido la mayor parte de mi vida con dos estaciones: la de sequía —que en el campo venezolano se llama “verano”— y la de lluvias, que a menudo se llama “invierno”. Así que me toca apechugar aquí, cerca del mar, con el verano triestino y sus propiedades.
Uno de mis problemas en verano es que yo uso el transporte público para circular. Y mi casa queda en la vía de Barcola, el sitio marítimo más popular de Trieste. Así que, de ida y vuelta al centro, a veces me toca amontonarme con l@s bañistas que van y vienen y usan el bus porque es imposible estacionar en la costa. El autobús es mi pequeño mundo del verano con toda su fealdad:
- Cuerpos sudorosos no siempre bienolientes.
- Desnudeces no solicitadas, impuestas, anónimas, que dejan ver todas las plagas que normalmente azotan los cuerpos humanos: arrugas, verrugas, pellejos colgantes, celulitis, cicatrices, manchas.
- Pilosidades corporales boscosas y renuentes.
- Tatuajes desvaídos, ilegibles, que empezaron en la juventud como una rosa roja y ahora parecen más una cucaracha aplastada.
- ¡Y los pies! ¡Oh, los pies! Esos relegados de la anatomía humana. Esas extremidades inferiores de las extremidades inferiores que en las otras tres estaciones están púdicamente a salvo de miradas malsanas (como la mía), ahora van al aire. Salen a la luz también con sus plagas habituales: uñas rapaces o encarnadas, dedos como garfios, hinchazones, moretones, torceduras, callosidades y pare usted de contar.
El pie, de suyo, no suele ser hermoso sino en la tierna infancia. Luego va sufriendo los maltratos de la bipedestación, del zapato absurdo, de la edad y la deformación ósea; o sea, poco a poco se va convirtiendo en una protuberancia poco agraciada. En “honor” —sería mejor “en horror”— a esa transformación perversa, en mi tierra a los pies se les llama jocosamente “ñames”. Porque algunos pies llegan a ser verdaderamente eso: unos tubérculos contrahechos que estarían mejor bajo tierra o, por lo menos, tapados.
Comenzaré a respirar bien (literalmente) de nuevo, cuando el verano se retire, y las ansias de desnudarse y compartir olores impunemente se calmen.
Jajaja. Hay pies (o como dicen much@s «pieses») hermosos. Yo (y miles de venezolanas) los cuido. No los he maltratado nunca con zapatos absurdos. !Ni he bailado ballet! La salsa, el merengue, etc. son buenos para los pies, los ejercitan sin deformarlos. !No quieras ver los pies de l@s balletistas! Deberían demandar a sus dueñ@s por maltrato…
Y te hablo de los pies de las venezolanas porque me contó una amiga que en ua cola de seguridad en un aeropuerto, l3 hicieron quitar los zapatos. Ella lo hizo y se quedó descalza. La funcionaria se permitió comentarle lo lindo y arreglado de sus pies. Y esta amiga le respondió (muy típico también) que las venezolanas llevábamos así los pies siempre. Y la funcionaria le dijo «usted no tiene ni idea de lo que debemos ver y oler en este trabajo».
Siempre he querido hablar de los olores también. Tu atribuyes este «amor caribeño por el agua» (me encantó, aunque no sé si es solamente caribeño). Mi madre y mi padre (trujillanos) eran limpísimos. Pero para mamá, el agua, además, era mágica. No te podía ver desanimado, indispuesto, malhumorado, pensativo, porque te sugería en voz baja «por qué no te echas un bañito». Y ella me hizo conocer la modalidad de los «baños con ramas». Hay mucha magia allí que no hemos explorado. Es el baño ritual de muchas culturas para deshacerte de algo malo.
Este tema es muy bello. Gracias por las memorias. Y sigue cuidando a los humildes y sufridos pieses.
bdw: Natalia los lleva siempre de película. Yo es que no me atrevo a arreglarlos con colores atrevidos. Llego hasta un rosa nacarado.
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Confieso que después de leer esto he decidido mirar mis propios pies con más humildad. A mí me encanta cuidarlos, probar esmaltes de uñas y verlos en mis sandalias cuchis, así que no me imagino usarlas con medias… just saying. 😄En 2024 bajé al litoral en unos autobuses que se toman en Gato Negro y que cuestan un dólar hacia las playas de Alí Babá, Los Cocos y Los Ángeles, y sí, había bastante de esa exhibición anatómica espontánea. Pero del mal olor, nada: Dios bendiga nuestro amor caribeño por el agua.Gracias por convertir tu sufrimiento en humor, Lou.
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