Des-integración 2

Los panitas de la “ferriera”

La ferriera di Servola

Hace ya más de un mes ni amiga triestina, que ha hecho mucho por mi integración, me invitó a hacer un curso de fotografía. Le pregunté dónde era este curso y me dijo que en la “ferriera” de Servola.

Explico: “ferriera” es siderúrgica, acerería;  y Servola es un antiguo barrio de Trieste situado al sur. Su nombre deriva de “sylvula” que quiere decir bosquecito. Pero hoy en día no hay bosquecito alguno, sino una planta siderúrgica que produce una gran contaminación y un problema político que se debate entre el daño ambiental  y el desempleo. En pocas palabas, ¿hay que cerrar o no la siderúrgica?; ¿dónde iría la gente que allí trabaja?

Pero, por más que parezca indiferencia de mi parte, no quiero opinar sobre algo que no me corresponde. Sólo añado que Servola es famosa por su carnaval, por su siderúrgica, por su pan –las famosas bighe servolane—. Y también, quién lo hubiera dicho,  por el club fotográfico de la “ferriera”. Así que mi amiga vio una exposición de fotografía de este club y el anuncio de un curso, y allá nos fuimos: ella siempre tiene ideas divertidas.

Debo decir que éramos las únicas no trabajadoras de la siderúrgica en el curso. Tanto el profesor como los alumnos –en su mayoría hombres— son empleados o trabajadores de la planta.  El curso se desarrolla en el salón de actos del club de manera bastante informal. Por ejemplo, la puerta trasera del salón comunica con el bar, y los alumnos entran, cerveza en mano, directamente desde el trabajo; “sin pasar por home”.

Cuando comienza el curso, el profesor (70 años, calculo), un duro de la fotografía de película, papel y revelado en blanco y negro,  hace su pequeño discurso de bienvenida ¡!EN PERFECTO TRIESTINO!!  

!OH MY GOD! — pensé yo–, ¡perdí  los reales!

Porque es verdad que he estado expuesta al triestino, pero seguir un curso….es otra cosa. Miré de reojo a mi amiga, que a la vez me miraba de un “reojo preocupado”. Esto no lo esperábamos. Pero al rato, la cosa no iba tan mal. El contexto, y el hecho de que todo se explicaba, o con la cámara, o sobre  las fotos del profesor, ayudó a la comunicación.

El buen señor explicó el programa (escrito en italiano, thanks god!) que era bastante comprensible, hasta que llegó a la explicación del día de práctica y nos anunció que haríamos una salida de campo con una “mula”.

!Ah caramba!, esto es una verdadera salida de campo, pensé yo. Pero casi inmediatamente entendí que la “mula” no nos serviría de transporte sino de modelo.

Porque a este punto de mi permanencia en Trieste, ya me había enterado de que “la mula” e “il mulo” son “el chico” y la “chica”. Es decir, la salida de campo no iba a ser en lomos de  bestia, ni  tampoco  posaría para nosotros un animal.

Pero la duda siempre me rondaba: ¿sería bípeda o cuadrúpeda la modelo?

¿Debería esperar esto?

¿O más bien esto?

Mmm, me distraje un poco–para variar–  con estas cuestiones equino-lingüísticas hasta que, volviendo a hablar de la mula-modelo, ya el profesor no la llamaba más  “mula” sino “putela”….

Ahí sí que se me enredó el papagayo, como decimos en Venezuela, porque ahora, fuera bípeda o cuadrúpeda la modelo podía, además, tener malas mañas.  Ya a este punto yo no sabía por dónde iba el discurso.

Pero miré otra vez de reojo, y no vi a nadie reír, ni siquiera sonreír. Entonces puse cara de triestina (aunque un poco bizca),  como si entendiera todo. Total, –pensaba yo– lo importante es que el curso incluiría modelo y viaje.  Ciertos reales estaban salvados. La moralidad pasa casi siempre a segundo plano cuando de dinero se trata.

El curso siguió sin mayores contratiempos. Yo tomaba bastantes notas: la mayoría sobre el dialecto triestino, otras sobre fotografía.  Incluso le pregunté a mi amiga si creía que yo debería pagar extra por el curso de lengua. Ella me dijo –muerta de risa– que no creía que fuera el caso.

Era la segunda clase, y ya el  folklórico profesor nos había repetido bastante que nuestro lema en el curso debía ser  “Le foto le go fate mi” que en italiano es “Le foto le ho fatte io” y que traduce “Las fotos las he hecho yo”, con lo cual manifestaba su desprecio por Photoshop y otros programas similares que “arreglan” los errores del fotógrafo.  Y después de explicarnos lo que eran todo los botonsins o pirulics de la cámara, me miró a un cierto punto y me dijo ásperamente en triestino “Me posé una domanda”. (Hágame alguna pregunta).

Allí me di cuenta de que el tema de la inclusión que a mi me preocupa, para él no existía. Allí todos –incluida yo, bastante exótica—éramos lo mismo para él: gente que se apasionaba por la fotografía. Gente que quería usar la cámara como un lenguaje y cada foto como una oración posible de ese lenguaje.

Le hice la pregunta (en italiano, por necesidad). Él la respondió (en triestino, por naturalidad).

Recordé entonces a un loquito que había en Mérida que se paraba en una de las esquinas de la plaza Bolívar, y cuando veía a una mujer que le gustaba, extendía la mano derecha como para atrapar su figura en el aire y guardarla en el bolsillo de su pobre camisa. Y así pasaba el día, sonriente,  en su locura de atrapar imágenes de aire que guardaba en su bolsillo, muy cerca del corazón.

Y sentí que, de alguna manera, ahora formaba parte de los “muloni della ferriera”, de “los panitas de la siderúrgica”, como se diría en venezolano. Y atrapo imágenes con ellos. Y también las pongo cerca del corazón.

De la mula…no se sabe nada todavía. No se ha producido aún la salida de campo. Pero ya hemos visto sus fotos. Es bípeda, y de piernas largas. De pelo negro (en la cabeza, no en las piernas) y un pequeño piercing en el labio inferior. Sobre sus costumbres, tampoco se sabe nada todavía. Se podría comentar algo a partir de la ligereza de sus ropas…

Pero que conste que “putela”  y “putel” son inocentes palabras del triestino que sólo  significan “chica y chico”. Sin juicio moral incluido.

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