Un rey llamado Tito

 

 

En 1985 tuvimos la oportunidad de visitar Yugoslavia ese “país” desaparecido. E.  y yo y un amigo común íbamos a Zagreb para visitar unos amigos venezolano-yugoslavos (hoy croatas). Teníamos un camper, veníamos de VENEZUELA, un país que era rico entonces.

Al cruzar por tierra la frontera entre Italia y la región croata se percibía en el ambiente un cambio extremo. Se sentía como el silencio de un tiempo detenido. Atravesamos unos paisajes bellísimos aunque desiertos. Cuando llegábamos a regiones más pobladas la gente salía de sus casas para vernos.

Tuvimos muchas desventuras lingüísticas antes de llegar al destino: ninguno de los tres hablaba croata, y ningún croata hablaba lenguas “bárbaras” como el francés, el inglés o el italiano. Algunos hablaban ruso. Desde el tiempo en que aprender ruso parecía una buena inversión. Pero Tito (que había muerto hacía 5 años), en su buena época, creyéndose el más comunista de los comunistas había roto con Rusia (con Stalin, específicamente). Los que aprendieron ruso habían perdido su tiempo. Ahora aprendían alemán. Sin embargo,  la gente era amable. Muy amable. Estoicamente amable.

Tito había sido todo para Yugoslavia. Gobernó desde 1943 a 1980. Vivió una vida digna de un rey, no sólo por su importancia, sino por el control total que ejercía sobre sus súbdito-ciudadanos;  y por el extremo lujo que se daba y que contrastaba cruelmente con la modestia de la población. Todavía en los negocios donde entrábamos  tenían un gran retrato de 1 metro por 1.80 colgado en la pared. En 5 años no se había perdido la veneración, ni el miedo.

En 1989 cayó el muro de Berlín. A partir de 1991 comenzó la caída del comunismo occidental. El “país” Yugoslavia volvió a ser paulatinamente Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Kosovo, Montenegro, Macedonia con gobiernos realmente elegidos.

El fin de semana pasado, Pave Volarevic, un pescador croata de 90 años tiró su red en alta mar y pescó ¡un busto de Tito! cubierto de óxido y caramujo. Uno de los cientos de bustos que el “padrecito Tito” les regalaba a las poblaciones para su reverencia y consuelo.

El revuelo armado por esta pesca poco usual ha sido tan grande que tuvo su espacio en los periódicos. Hay coleccionistas que le han propuesto comprárselo. Pero el viejo dice que tener en su casa la cabeza de Tito carcomida por el óxido y el caramujo ¡NO TIENE PRECIO! Que la cabeza le pertenece porque se la ha ganado con su trabajo.

El diario donde recogí la noticia resume este hecho en una lengua muerta: “sic transit gloria mundi (así pasa la gloria del mundo)”.

 

(para ver la noticia):

http://goo.gl/Kuie8

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