Punto de cruz

cruz 3No voy a hablar de epidemias, pero sí de cosas dolorosas como el «punto de cruz». Y es que su nombre lo indica. Un nombre que lleve la palabra «cruz» incorporada no puede definir algo exento de dolor.

Hay recuerdos indelebles en la vida de cada uno de nosotros. Para mí, uno de ellos fue mi paso de 3º a 4º grado de primaria. Estudié en un colegio de monjas los once años de primaria y secundaria antes de la universidad, y recuerdo los nombres y caras de mis maestras como si fuera ayer.

El paso de 3º a 4º significaba para todas las niñas el cambio de una maestra, la Hermana Patrocinio (sí, se llamaba así, y le decíamos la Hermana Patro), una española deliciosa, pequeña, colorada, regordeta y tierna, que me llamaba “pimpollito de canela” (¡lo juro, con un poco de vergüenza!), a la temible HERMANA HELENA, venezolana, adusta, delgada, morena y alta. Todas le teníamos un poco miedo. Nos recordaba esa tía un poco amargada que nos reprendía por cualquier cosa.

Pues bien, el 4º grado no solo era la Hermana Helena —como si fuera poco—, era el comienzo de las matemáticas serias: ¡regla de tres! susurrábamos en los recreos como uno de los terrores por venir.

Estaba también la gramática con sus tiempos verbales misteriosos en las dos denominaciones, la española y la de Bello. El pretérito imperfecto que también debía llamarse copretérito, el pretérito pluscuamperfecto que era también —y sobre todo— antecopretérito. La Hermana Helena era «bellista» acérrima.

Como si no fuera suficiente en ese futuro que se presentaba ya muy imperfecto, un día me murmuraron también en el recreo (¡el sadismo infantil!) la frase !punto de cruz!!

Imagino que los varones de los colegios equivalentes tenían otra actividad manual igual de temible, no lo sé. Tal vez carpintería… Pero lo que se llamaba «manualidades» para niñas era eso: aprender a coser y a bordar… Desde tiempos inmemoriales. Desde Penélope para acá, las mujeres habían sido (pretérito pluscuamperfecto) hábiles con la aguja. Pero yo había nacido en aquel 10% de mujeres que NO lo eran.

Llegado el día, la Hermana Helena, quien, aunque estricta, era más amable de lo que imaginábamos, me entregó, con cierta preocupación, mis instrumentos de tortura: a) una colección de agujas que aún no eran de acero inoxidable y, por lo tanto, había que impedir que se oxidaran. ¿Cómo? Había muchos trucos, pero el principal era tener las manos secas e inmaculadas; b) una colección de hilos de seda que debían prepararse en una trenza para que no se enredaran; c) un tambor o bastidor de madera para mantener tensa la tela. Y, finalmente, d) el trozo de tela blanca especial para el punto de cruz con el modelo en papel que había que pasar a la tela usando todo lo mencionado, además de una gran paciencia y orientación espacial.

Si miran la fotografía, quien no haya pasado por esta tortura se dará cuenta de que hay muchos colores y gradaciones. Cada color era una aguja enhebrada con el hilo del color correspondiente. Y no se valía acortar el tiempo de tortura. El bordado iba examinado también por detrás donde debía aparecer tan nítido como por delante. ¡Nada de puntadas largas!

El bordado, además, no se podía lavar. Había que presentarlo al jurado al final del año en su versión original, precisamente para demostrar la pulcritud de la autora. Por eso la necesidad de mantener las manos inmaculadas…

En cuarto grado aprendí a maldecir, me imagino. Y también le achaco al punto de cruz buena parte de mi genio impaciente y de mi pesimismo en la vida (ya que estamos, jejeje).

Bueno, en resumen, me pasó todo lo malo posible: se me oxidaron las agujas, cuando no se perdieron; se enrollaron los hilos; se ensució la tela…pero cuando llegó el momento de presentarlo al final ante el jurado, obtuve buenas calificaciones como el resto. ¡Pero a qué precio!

Bueno… debo confesar que parte de esa calificación se la debí a una tía muy joven, hermana de mi padre que vivía con nosotros y me ayudaba en los puntos difíciles porque mi visión nunca fue muy buena desde pequeña.

Cuando presenté mi bordado, la Hermana Helena me miró fijamente con una chispa de risa en la mirada. Ella sabía que no era todo mío. Pero me perdonó en silencio, porque en cambio, yo era la estrella de de las conjugaciones verbales. Y, en el fondo, creo que ella apreciaba más la gramática que el bordado.

Bueno, como ven, no todo fue cruz en ese presente que poco a poco se ha ido transformando en un pasado más que perfecto.

¡Gracias Helena, donde quiera que estés!

corazon_pcruz

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