Perra que mira abajo

La palabra yoga es hoy harto conocida. Puede evocar en nosotros distintas reacciones, distintas asociaciones. Con el comercio desaforado que se desató en occidente en torno al yoga, es probable que esta palabra evoque antes un tonificado trasero (masculino o femenino) forrado en lycra, que la iluminación y el crecimiento interior que se supone promueve la práctica de esta disciplina de la India.

Oriente visitó occidente para quedarse. Las décadas de los 70 a los 90 nos bombardearon de palabras y conceptos desconocidos para nosotros hasta entonces. Grandes celebridades tenían sus gurús personales, mientras que el ciudadano corriente, pero de avanzada, se inscribía en cuanto curso encontraba de yoga, de meditación trascendental o hasta de feng shui, sin saber siquiera como se pronunciaba esta palabra. El ser humano, que es veleidoso y mutable, celebra a los nuevos profetas…siempre y cuando no sean de su tierra. El trasfondo religioso del yoga (o supersticioso, en el caso del feng shui) quedaba relegado con la esperanza de conseguir la iluminación, o si no, por lo menos unos glúteos más firmes. Agarrando aunque sea fallo, dicen en mi tierra, con mucho pragmatismo.

Pero las culturas que han crecido en intimidad con las ideas subyacentes del yoga, por ejemplo, se toman las cosas más en serio tal vez de lo que deberían. ¿Quién soy yo para decidir cuán en serio deben tomárselo? No sé. Soy occidental.

Hoy leo consternada por ejemplo, que en Nepal se va a hacer obligatoria la materia Yoga en las escuelas. No van a hacer deporte. Van a hacer yoga, con su parte de posiciones, de meditación y de respiración. Esto está sucediendo bajo un gobierno aparentemente laico pero que hasta hace poco tenía un gobernante que era considerado la reencarnación de Visnú.

Bajo el gobierno de la India, vecina de Nepal, han ocurrido recientemente ataques muy violentos por parte de la población hinduista hacia los musulmanes. Tanto la India como Nepal, tienen una población musulmana que no se puede ignorar. No llegan al 10%, pero ambas culturas –hinduistas y musulmanes– han vivido detestándose desde hace mucho.

Los musulmanes de Nepal se están negando a aceptar el yoga como imposición en las escuelas. Opinan que la práctica de las secuencias de posiciones (asanas) que se llaman Suria Namascar (Saludo al Sol) es impía para un musulmán porque Suria (Sol, con mayúscula) es el nombre de una divinidad hindú y los musulmanes son monoteístas (Alá es el único dios, etc). No pueden, por tanto, haber rezado en la madrugada a su (único) dios, para, a media mañana, en la clase de Educación Física, rendirle pleitesía a Suria por medio del Saludo al Sol…

Y ya que nos ponemos fanáticos, y para añadir leña al fuego, no sería solamente el Saludo al Sol en conjunto, sino también la posición particular llamada en sanscrito adho-mukha-śvāna- āsana, que se traduce en cristiano (ooops!) como la posición del perro que mira abajo. Todo musulmán que se respete sabe que el perro es un animal haram, es decir impuro. No importa si el perro mira para arriba o para abajo.

No sabemos adónde va a ir a parar este desaguisado. Porque el decreto del yoga va a ser impuesto, imagino que para regocijo de Marendra Modi, presidente de la India, hinduista fanático, quien nunca ha mostrado mucha simpatía por sus ciudadanos musulmanes.

Mientras esto se resuelve, nosotros, occidentales y superficiales, sigamos tonificándonos las nalgas en las posiciones del Guerrero 1, o del Guerrero 2.

Hacerle la guerra a la flacidez es tal vez superficial, pero siempre será mejor que matar al vecino en nombre de Alá, el misericordioso, o en nombre de Rama, el benévolo y justo.

Namasté… y también Salam (por si acaso…).