Miedos #Historiasdeviajes

Ya ha pasado el confinamiento y al menor signo de verano decido irme a Venecia. Porque sí, respondo cuando me preguntan. Luego de experimentar una ciudad magnífica y fantasmal porque no hay turistas, decido regresarme a Valencia. Pero el vuelo de NayarAir ha sido suspendido y el próximo se abrirá mañana.

Vivo en un aeropuerto desierto desde hace dos días porque tengo miedo de salir. Dicen que hay un repunte en la zona. Y debe ser así, porque veo como cada hora que pasa, al atardecer, el aeropuerto va perdiendo habitantes como si fueran las hojas de un árbol mecido por la bora, ese viento infernal de estos lados.

Recorro por centésima vez el pasillo. Decido hacerlo esta vez en movimientos de caballo de ajedrez para variar. Intenté hacerlo como alfil pero no funciona. En diagonal, vas a parar siempre al Duty Free, único negocio abierto aunque, sin clientes. En el extremo norte del  ala central los mostradores están ya vacíos y las luces apagadas. Son las 10 de la noche. En las salas de espera de los vuelos cancelados hay hombres durmiendo por el suelo, con sus manos agarradas a las maletas, bolsos y mochilas como queriendo salvar las posesiones de no sé qué desastre, cuando ya se sabe que al virus no le interesan ni el algodón ni el poliéster, ni la seda, ni las joyas. Solo se apasiona por los tejidos cálidos y acogedores de las mucosas humanas.

Vuelvo al otro extremo del pasillo.  Hay una fila de sillas cerca de un baño que tiene por identificación irónica dos máscaras del carnaval de Venecia, una masculina y otra femenina. Ya se me han cansado los pies de tantas vueltas empujando el cochecito que carga mi maleta. Es mejor empujar que cargar. En los aeropuertos o se cansan los pies o las posaderas. Se me han cansado los pies. Es el turno de las nalgas. Me siento.

Un hombre alto, de barba larga y canosa, vestido de chilaba blanca y gorro tejido, también blanco, entra desde el estacionamiento con una maleta negra sin ruedas. La carga con la mano. Mira alrededor sin verme y escoge un espacio delante de una columna, abre la maleta y saca una alfombra enrollada, azul y pequeña. La extiende. Se quita las sandalias que deja a su espalda simétricamente dispuestas y comienza sus oraciones. Yo lo he estado mirando hacer hipnotizada por sus movimientos y por su abstracción. Nunca he visto a un musulmán hacer una oración en la vida real. Solo en el cine o en la televisión. Obscenamente le saco una, dos, tres, cuatro fotos. No hay nadie que pueda juzgarme. El aeropuerto está casi vacío, los guardias no han aparecido desde hace un rato largo y el hombre está arrodillado de espaldas, abstraído del mundo. ¡Qué mierda somos cuando nos dejan solos! pensé, guardando el teléfono de repente.

El hombre de la chilaba ha concluido sus oraciones. Con el mismo aire concentrado calza de nuevo sus pies y guarda la alfombra amorosamente. Todo con gran calma y compostura. Mira alrededor y se sienta en la misma fila donde estoy sentada. Me siento incómoda. Toda la sala central y sus largos pasillos están vacíos, ¿por qué debe sentarse justo aquí? No usa mascarilla, pero en cambio se sienta dos puestos más a mi derecha. Acomoda su maleta con cuidado debajo del asiento y me pregunta un poco trabajosamente si hablo inglés. Yo asiento. Entonces, un poco en inglés y un poco por señas me pide que le cuide la maleta mientras va al baño que está unos pasos mas allá. Yo asiento de nuevo y le sonrío debajo de mi mascarilla. Imagino que el sabe distinguir una sonrisa de los ojos mejor que nadie.

Sigo al hombre con la mirada y apenas entra al baño, siento que el corazón se me paraliza para luego arrancar a latir alocadamente. Puedo sentir la sangre agolpada en los ojos, en los oídos. Siento un ligero mareo. ¿Qué diablos estoy haciendo? ¡Le estoy cuidando la maleta a un musulmán desconocido que acaba de hacer sus oraciones y que se ha alejado! No seas estúpida, me digo inmediatamente, eso del musulmán que reza antes de poner la bomba es un cliché de Netflix, en un meme, es un lugar común...es una idiotez. Una parte de mí quiere salir corriendo a alertar a los guardias, la otra parte se avergüenza y me dice que más miedo debería darme que el hombre no lleve mascarilla. Piensa con lógica, continúo yo, ¿por qué elegiría un terrorista colocar una bomba en un aeropuerto vacío?, le pregunto al yo de los clichés. Es ridículo. Además, es un viejo, los terroristas suelen ser jóvenes… Dios mío, será que ahora han empezado a usar viejos como también han empezado a usar mujeres? Abro y cierro convulsivamente los puños como suelo hacer en momentos difíciles.

En estos minutos de terror, el hombre sale del baño retoma su asiento, me da las gracias, y abre de nuevo su maleta de donde saca con parsimonia una bolsa plástica llena de nueces, dátiles, naranjas y mandarinas. Pela una mandarina que expande su aroma invitador por el pasillo desierto y me la ofrece. Yo acepto temblando todavía, pero ahora por otras razones.

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