Retribución #NuestrosMayores

—Tampoco podemos dejarlo morir de hambre —dijo la tía Dominga.

—A lo mejor es una gripe —comentó uno.

—Pero dicen que hay que esperar quince días pa’ saber —añadía alguien más.

—Hay que mandarle comida y medicina. Eso es todo. Bastante nos ayudó cuando la inundación —replicó Dominga.

—Pero esto no es una inundación, esto se contagia —le respondían.

—Sí. Y dicen que los viejos se mueren pronto. A lo mejor ya está muerto. No ha bajado en una semana —opinó el primero, de nuevo.

—Basta ya —gritó la tía Dominga—, me tienen loca con tanta disculpa. Denme la comida y los remedios que yo los llevo.

—Mire que el camino es empinado, tía. No va a poder. Y usted está en riesgo también —decían ahora todos.

—Y qué más me puede pasar ya en esta vida, sino la muerte —          respondió Dominga. Y diciendo esto, agarró el canasto con los alimentos y las medicinas y empezó a ascender por la cuesta.

El grupo la miró subir con mucha vergüenza, pero sobretodo, con alivio. Allí la esperaron al pie de la pendiente, casi una hora, hasta que la figura magra de la anciana comenzó a divisarse.

—Tanto cuento, tanto cuento —les dijo desafiante al llegar—. Ya le entregué la comida y los  remedios.

—¿Y ahora? —preguntó alguien.

—Pues ahora, esperar a ver si se va a morir. Pero de hambre no va a ser —respondió Dominga.

Esta vez todos callaron.

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