Gorda y buenamoza

Botero. Picnic en las montañas

Tengo un nieto de 5 años y medio –Marco– con quien tengo una relación muy estrecha, sobre todo alrededor de la actividad de inventar historias. En la construcción de estas historias procedemos de varias maneras. A veces quiere oír biografía y me hace que le cuente pasajes especiales de mi vida de niña. Le parece fabuloso que yo haya sido niña alguna vez. A mí también.

Hace poco se enganchó en el tema de los monstruos a partir de un librito que le regalaron en el que una niña traba amistad con algunos monstruos buenos. Hay dos que le gustaban especialmente. Uno grande y gordo de pelo azul claro, como si fuera una especie de oso polar azul, y el otro pequeño, con un ojo sólo. Una especie de cíclope enano.

Así que Marco quiso que elaboráramos otros episodios de esa historia —a su juicio muy corta— que estaba en el libro. Estábamos discutiendo cuántos niños más queríamos en nuestro cuento y qué otros monstruos íbamos a añadir. En un momento dado él me propone:

«Pero yo quiero que los monstruos buenos y también los niños sean todos gordos». Y seguía esbozando un poco la historia, pero insistía en el tema de la gordura.

Me llamó la atención, y entonces le pregunté por qué quería que todos fueran gordos y me respondió contundente:

«Me gustan los gordos»

Y pregunté de nuevo por qué: los niños para mí son una fuente de enseñanza.

Me respondió con sencillez que las personas gordas eran gordas porque, obviamente, les gustaba mucho comer. «Y a mi también me gusta mucho comer», concluyó.

Y esto es verdad. Marco disfruta mucho la comida, pero es un flaquito, un poco huesudo incluso.

Yo —muy racional…y aguafiestas—, me sentí en la obligación de decirle que estar muy gordo no es tan bueno para la salud porque, por ejemplo, las rodillas, la columna y el corazón trabajan en exceso y se pueden enfermar.

El se quedó pensativo porque no sabía esto. Después de meditarlo algunos segundos me dijo algo así como:

 «Bueno, en el cuento podemos incluir a un monstruo científico que inventa unas medicinas mágicas».

¿Para curar la gordura? le pregunté yo.

«Noooo» , me dijo con impaciencia. «Para que las rodillas o la columna o el corazón de ellos no sufran y puedan seguir siendo gordos, pero sin enfermarse».

Me conmoví mucho con esta respuesta. La total aceptación del aspecto del otro sólo puede provenir de un niño que todavía no ha incorporado la serie de prejuicios que no nos dejan ver la belleza detrás de una forma que no se adapta al canon bendecido en un momento dado por una parte muy reducida la sociedad. En este momento, y en un territorio muy restringido del planeta, HAY QUE ser delgados. No siempre ha sido así, como aparece reflejado en el arte. O en los dichos populares. De niña había una expresión en mi pueblo para referirse a una mujer que estaba muy bien: «está gorda y buenamoza».

Ahora me rompo la cabeza pensando cómo se podría preservar esta actitud de tolerancia en los niños. Para no dejarlos desviarse hacia los caminos de la discriminación, del desprecio o incluso del odio a quien es diferente del mundo adulto.